Y al fondo… Estambul
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Madrugar tiene su recompensa en la selva�boliviana. Un bonito amanecer nos esperaba entre la maleza. Tras el desayuno comenzaría la otra actividad prometida del viaje: pescar pirañas. Y esta vez sí lo logré. Fue una, pequeña, pero que me sirvió para desquitarme de mi fallido intento de pesca en Cuyabeno (Ecuador). Dos horas de conatos, de cargar de carne el palo que hacía las veces de caña. Las pirañas tenían que estar muy satisfechas del banquete que les ofrecimos los ocho. Una última sorpresa. La vista de uno de mis compañeros nos permitió ver una boa de más de tres metros de longitud, enroscada en un árbol. Descendimos del bote y nos pasamos un largo rato viendo cómo se movía.
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Un sueño reparador y en pie a las 7.30 horas para completar un plan sugerente. Ir en busca de la temida anaconda en la selvaboliviana. No fue fácil encontrarla. Su cuerpo huidizo y la escasez de charcos en los que viven dificultaron su búsqueda. El brillo del rocío pronto dio paso a un sol que derretía. Dos horas y media de caminata por la sabana tuvo su recompensa. Una anaconda de escasos dos metros se enrolló en las piernas del guía para nuestro disfrute. Pueden matar a un hombre, ésta no, por suerte. Nosotros no pudimos tocarla, los repelentes que usamos para ahuyentar (es un decir) a los mosquitos les matarían. Son muy sensibles al contacto con la piel.
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Ojo, algo te observa. Tú nos los ves, pero allí están, agazapados. Una voz de alerta resuena entre la maleza. Ese misterioso sonido es contestado desde más allá. Tú continúas sin identificar ese ruido, mirando a izquierda y a derecha, arriba y abajo, intrigado, inmóvil. ¿Qué será? Estás vigilado las 24 horas del día, aunque no quieras. Por cielo, por tierra y por agua. Nosotros somos los intrusos. Les estamos robando su intimidad y ellos tan sólo te vigilan. No son esos seres de leyenda. Es simplemente el mágico juego de la selva.
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No fueron las gestas de visionarios navegantes las que me condujeron hasta allí. Tampoco las barbaries de hombres de armas. Ni siquiera la idea de repetir los pasos de aventureros pasados. Un episodio de la historia, negra o blanca según se mire, me llevó hasta el punto de partida de un tour por siete Misiones Jesuísticas de Bolivia. De Santa Cruz a San Javier. Quería comprobar cómo la Compañía de Jesús modeló a los indígenas bolivianos, como también hiciera con los argentinos, chilenos, uruguayos, brasileños o paraguayos. Durante las más de cuatro horas de viaje, en mi cabeza se sucedían palabras como colonización, evangelización, esclavitud, destrucción de culturas, sometimiento; pero también difusión de nuevas técnicas artíticas, la introducción de animales domesticos y de nuevas plantas de cultivo, el desarrollo de un sistema cooperativista, la educación ¿Qué ha quedado de aquel final del siglo XVII?
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Al lado de Perú, su hermano mayor arqueológicamente hablando, Bolivia no tiene muchas ruinas. O eso, al menos, pensaba antes de visitar Samaipata. Erré. Ya existía una civilización anterior a los incas, y por tanto construcciones dignas de una visita en profundidad. Pero eso sería al día siguiente. Antes debíamos reponernos de las dos horas y media de viaje que separan Vallegrande de Samaipata en plena carretera hacia Santa Cruz. Y eso que lo hicimos en un taxi compartido por a penas 100 bolivianos por persona.
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La Higuera se situó en el mapa de la historia el 9 de octubre de 1967. Y hasta allí hay que acceder para descubrir el por qué se ha convertido hoy en lugar de peregrinación. En el punto donde nace el mito y donde se puede revivir la última epopeya del Che y de sus hombres. Pero a este minúsculo enclave boliviano no se llega por casualidad. Los 60 kilómetros que median entre Vallegrande y La Higuera se convierten en más de dos horas y media de terraplenes y barrancos, a unos 2.000 metros de vértigo. Cactus, piedras, arbustos espinosos y troncos arrugados; colores que danzan entre el amarillo y el café claro. Del valle al desierto montañoso.
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En busca de nuestro propio Che. Eso sí, para encontrarlo había que librar los trescientos kilómetros que separan Santa Cruz de la Sierra de Vallegrande. Cubrirlos lleva entre cinco y siete horas y, durante todo ese tiempo, hay que estar preparado para ‘dejarse los riñones’ en el asiento trasero del autobús gastado y achacoso. La ruta cambia de asfalto a ripio a cada instante y el trazado se vuelve sinuoso. El laberinto de caminos estrechos se abre al precipicio, a izquierda y a derecha. A ambos lados se ven las sierras secas y el imponente sistema montañoso, con quebradas de grandes rocas colgando como balcones y un aire espeso producto de la mezcla de humo y polvo. Demasiada sequía que se filtra en el interior de los vehículos, demasiado polvo rojizo. Sí, esa nube que vuelve a cubrir la calzada por la mala práctica de terratenientes y campesinos de ganar espacio al monte. Son las mismas tierras que abrigaron la marcha del Che y de sus compañeros de guerrilla hace ahora 40 años. ¿Por qué eligió una zona tan hostil? Entonces estaban infestadas de soldados bolivianos entrenados por Estados Unidos y comandados por Gary Prado. Hoy parece como que el tiempo se haya detenido.
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¡Amigas españolas! Ese fue nuestro recibimiento en Santa Cruz. Pero ¿a quién conocíamos en esa ciudad? Los dos hermanos chilenos con los que compartimos espera en Villa Tunari, tumbados en el suelo de la estación, agitaban sus manos para hacerse ver entre la multitud de viajeros que a esas tempranas horas corrían de un lado para otro en busca de su autocar. Un taxi nos llevaría hasta el centro de Santa Cruz, después de recorrer varios de los anillos de la ciudad.
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“Coca sí, cocaína no”; un conflicto de mil caras en el Chapare boliviano. Unos piensan que “la lucha contra la coca no es más que un pretexto de Estados Unidos para controlar Latinoamérica geopolíticamente, otros creen en cambio que es la única solución para que los “viciosos americanos y europeos” dejen de consumir un alcaloide por el que pagan cientos y cientos de dólares o euros. “Los gringos violaron la coca. Hasta su llegada, tan sólo era una hoja bendita. Nosotros no sabíamos cómo hacer la cocaína”, apunta Santiago, nombre ficticio de un hombre que prefiere ocultar su identidad por temor aún a represalias.
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Teníamos sed de selva y cuando apenas el sol había hecho acto de aparición bajamos a la carretera para tomar un taxi compartido hasta El Castillo, a unos dos kilómetros de Villa Tunari, donde se desvía la carretera hacia el interior del Chapare. Un nuevo control antinarcotráfico, de esos que están para disuadir, pero que no vigilan nada, nos retuvo unos instantes. “¿Qué llevan en esa bolsa?”. “Relojes”. Esa respuesta de uno de los viajeros de la furgoneta no hizo ni siquiera que el policía se inmutara. Simplemente ordenó que prosiguiéramos. ¿Es así como controlan que no salga del Chapare ni un gramo de coca? Controles de cara a la galería. La falsa doble moral.
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Huimos de Cochabamba hacia la puerta de entrada a la gran llanura amazónica. Villa Tunari es sinónimo de exuberante vegetación, de bosques primarios, de fauna autóctona, de temperatura tropical, de plantaciones de coca, de deportes de aventura, de gastronomía propia… Con esas expectativas nos dirigimos a la avenida Oquendo con 9 de abril para tomar un taxi colectivo que, por 25 bolivianos cada una, nos trasladó los 166 kilómetros que nos separaban de la principal villa del Chapare boliviano.
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Y poco puedo contar de Cochabamba. Quizá por nuestro cansancio o quizá porque se nos abrió como una ciudad que no quiere ser conocida, pero lo cierto es que no tuvimos mucho interés en conocer el lugar de la ‘eterna primavera’. Una gran estatua, a semejanza del Cristo de Río de Janeiro, da la bienvenida, desde las alturas, al visitante. Abajo, la Plaza de Armas 14 de septiembre aglutina toda la vida de la ciudad. Rodeada de palmeras y árboles de alegres colores.
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Sucre es bella en sí misma, aunque después de recorrer numerosas ciudades típicamente coloniales ha perdido mi interés. Es de estas ciudades que miro, pero no veo. Por eso en día y medio resulta perfecto para hacerse una idea de la ciudad y proseguir camino. A medida que nos despegamos de los Andes nos alejamos de comentarios favorables a Evo Morales. Y de qué manera. Por primera vez, alguien nos habla abiertamente en contra del primer presidente indígena de Bolivia. Los carteles que se descuelgan por los balcones denotan que Evo no es bien recibido en la ciudad. No quiere entrar a debatir sobre la capitalidad del país, y los sucreños no se lo perdonan.
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Dos horas y media después de haber abandonado Potosí, nos encontramos en Sucre. El blanco de sus fachadas es la primera imagen que entra por la retina. No es Andalucía, es Sucre. Atrás habíamos dejado el color ocre, y nos adentrábamos en un mundo blanco. Primero, como de costumbre, a patearnos la ciudad en busca de un alojamiento. Fue laborioso encontrar un hostal mínimamente acogedor. La Policía de Turismo no siempre resulta la opción más eficaz. Al final, elegimos el Hostal Veracruz, en la bulliciosa calle Ravelo, porque, al menos, su ducha desprendía agua caliente.
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‘Riqueza, abundancia y amor’. Todo esto simboliza el rostro burlesco del Mascarón que hoy identifica a la Casa de la Moneda de Potosí. Tal fue la riqueza que atesoró esta ciudad en tiempos de la colonia, que Potosí albergó la Casa de la Moneda más importante de la época. De ella se lanzó al mundo reales a lo largo de años y años.
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‘Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro; soy el rey de los montes, envidia soy de los reyes’. Pero ¿quién soy? Quien habla es el Cerro Rico, el verdadero emblema de Potosí, como bien reza su escudo, y la razón de la existencia de este enclave ubicado en las faldas de la Cordillera Oriental de Los Andes, a 4.070 metros sobre el nivel del mar. El esplendor que llegó a alcanzar la ciudad potosina fue tan grande que la frase ‘vales un potosí’ se explica con sólo recordar las riquezas que atesoraba. Ya Miguel de Cervantes, en ‘El Quijote’, se hizo eco del Cerro Rico de Potosí porque se decía que contenía la cantidad de plata suficiente como para construir un puente entre América y Europa.
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Adiós Uyuni. Hola Potosí. Las compañías de autobuses aguardaban en la calle de Uyuni que hace las veces de estación mientras sus trabajadores se afanaban por atraer a los últimos pasajeros. Como un ritual. ¡Potosí… Sucre… la Paz… Oruro…! De cualquier pequeño negocio salían voces con esa retahíla de nombres. Y todas con el mismo reclamo: Super Lujo, Seguridad, Confort, Elegancia. Pero, ¿cuándo fueron de super lujo, seguros, confortables y elegantes esos vehículos? Baratos sí lo son, tres euros fue su coste. Los responsables de los puestos callejeros se afanaban por ofrecer a los pasajeros todo tipo de artículos comestibles. El primer tarabuco que ví (una de las 36 etnias que conviven en Bolivia) vendía artesanía con su peculiar indumentaria, y al otro lado un heladero con un carrito de lo más decorado intentaba convencernos de lo sabroso de sus helados. La espera se prolongaba, pero realmente era un placer disfrutar del despertar del pueblo. Con las mochilas en la parte superior del autocar, junto a bultos imposibles de levantar, cargamentos de patatas, de frutas variadas y sacos de semillas, el autocar al fin arrancó.
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Camino de Chile. El amanecer llenó de luz la Laguna Colorada. Los primeros rayos de sol aparecieron y, por primera vez, todos estábamos listos desde hacía rato para olvidarnos cuanto antes de esa noche. Un fugaz desayuno y al jeep. Arrancaba otra jornada de sorpresas entre géiseres, fumarolas, barros volcánicos, vertientes de agua calientes y ricas en azufre, lagunas, volcanes…
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Ya no volveríamos a pisar el Salar de Uyuni, pero las sorpresas no cesarían. Temprano cargamos nuestras mochilas en el vehículo y nos dirigimos hacia la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Nos alejamos del salar por pistas apenas marcadas de arena, y a partir de ahí, todo fue una enorme polvareda. Las lagunas de colores inverosímiles nos aguardaban. Pero había aún algún motivo más para la fascinación. Los todoterrenos que nos precedían, haciéndonos ‘morder el polvo’, habían detenido su marcha frente a un volcán que expulsaba una mínima fumarola blanca.
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12 horas y el autocar hizo el último quiebro en ese continuado y maltrecho ripio al llegar a Uyuni, allá donde el mismo tiempo se detiene. Aquel pueblo pequeño, desvencijado, pobre y abandonado en medio de esa tierra que se confunde con el cielo, se convierte en obligado punto de partida para adentrarse en el fantasmagórico, misterioso e inolvidable Salar de Uyuni. La agencia Los Olivos, previamente contactada desde La Paz, puso a nuestra disposición a Teodoro, un aventajado chofer, y su anticuado todoterreno en el que pasaríamos horas y horas en los tres días siguientes. No hay otra forma de viajar con garantías por ese infinito manto blanco que con expertos guías y en vehículos preparados. En pleno desierto, aunque sea de sal, no existen referencias visuales, ni marcas en la ‘calzada’, ni señales de ningún tipo, ni brújulas que se resistan a las cargas magnéticas del litio, sólo tenues roderas de los coches que preceden la expedición y que se diluyen a la caída de las primeras lluvias. O sea que la desorientación es total para el no iniciado.
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Quizá la altitud, quizá la contaminación o quizá el bullicio y caos excesivo, invitan al visitante a darse un respiro. Y nada mejor para ello que La Luna. El ritmo de la ciudad ha comenzado a bullir antes incluso del amanecer y es el momento de ‘huir’. El micro 231 te lleva desde el universo indígena a lo más occidental de La Paz. De Norte a Sur. La avenida Arce, una vez superado el atasco monumental, deja ver casonas de un valor incalculable. No en vano, el mundo diplomático se atrinchera en las embajadas que se suceden una tras otra. La francesa, la española, la estadounidense… y así hasta alcanzar una vía que nos depositaría en el Valle de la Luna, a una hora de La Paz.
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Llegó el momento de decir Kamisaki (hola en aimara) al centro ceremonial más importante de Bolivia. Tiwanaku. Se empezó a excavar en 1900 y ciento siete años después tan sólo se ha descubierto el 4% de todo el imperio que allí se asentó desde el año 10.000 antes de Cristo, aunque no floreció hasta el 100 a.C. y se prolongó hasta el 1.300 de la era cristiana. Logró acoger a una población de 60.000 habitantes, distribuidas en unas 21.000 viviendas que ocupaban una superficie de 600.000 kilómetros cuadrados. A partir de ahí, las incógnitas que pesan sobre el origen de la cultura tiahuanaca que se expandió a otras zonas del continente no se han despejado aún.
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¡Alto! Una cebra obstaculiza la calzada. Parece cómoda, como en su medio. Y otra, y una más allí. Nadie parece inmutarse. La circulación se detiene mientras un burro muy burlón irrumpe en la escena y se carcajea lanzando sarcásticos besos. Los peatones sortean a los animales absortos en sus pensamientos, sin percatarse de sus tenaces gestos a izquierda y a derecha. No hay manera. “Yo cruzo donde no debo”. Y eso es lo que ocurre. La medida, impuesta por el Ayuntamiento de la Paz, no da el resultado esperado. Son cebras de carne y hueso pisando pasos de peatones, o de cebra, como se prefiera.
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Había llegado el momento de conocer la parte brasileña de las Cataratas de Iguazú. Ver con tus propios ojos esa postal tantas veces vista con anterioridad estimulaba la imaginación. Sólo disponíamos de unas horas antes de que nuestro vuelo saliera para Buenos Aires y había que aprovecharlas al máximo. Tomamos, por tercer día consecutivo, un autobús desde la estación central de Puerto Iguazú. Esta vez con destino a Foz do Iguaçu, la primera ciudad brasileña del ‘otro’ lado. Leer más »
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A las 8.00 de la mañana ya estábamos en la estación de autobuses de Puerto Iguazú para repetir la experiencia. Los mismos guaraníes del día anterior esperaban pacientes a que cualquier turista reparara en sus artesanías. E impacientes estábamos nosotras para comenzar a deslizarnos por esa parte del Parque Nacional de Iguazú que cobija un santuario natural denominado selva. Muchos elementos se conjugan para crear este ecosistema protegido. Al recorrer los senderos se puede descubrir un mundo desconocido para el ciudadano común. Aviso, no es la selva amazónica, pero guarda su cierto parecido y encierra un ambiente bien conservado. Leer más »
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La ansiedad por llegar a las cataratas de Iguazú, a esas ‘Aguas grandes’ como las bautizaron los guaraníes, era ya irresistible. Un autobús urbano nos depositaría desde la estación central de Puerto Iguazú a las puertas de ese gran parque temático, de ese mágico Parque Nacional de Iguazú. Leer más »
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No podíamos irnos de Calafate sin echar una última ojeada a esa impactante mole de hielo que hace desatar la imaginación de cualquiera y dispara los flashes de todos los viajeros. Esta vez en semi transporte ‘público’, deshicimos el camino hacia el Perito Moreno. De nuevo a pasar por caja. Puedes haberlo visto cien veces, pero no deja de sorprender esa mancha blanca que se extiende más allá de donde llega la vista. Tres horas de pasarela en pasarela, tres horas disfrutando de esa imponente vista, ajenas al frío polar y al viento gélido que nos ‘regaló’ el día. Los crujidos del hielo eran más tenues que en la anterior ocasión. Los desprendimientos casi imperceptibles. Pero los cambios constantes de luminosidad, acompasados por los inapreciables rayos de sol, impedían apartar los ojos. No todos los días se tiene la posibilidad de estar allí, frente a ese misterio.
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El viento no había amainado al amanecer, al contrario. Nuestras expectativas se desvanecían por segundos, pero había que intentar comprobar por qué El Chaltén es la meca del trekking. Tomamos un taxi que nos llevaría hasta la flamante hostería el Pilar, exactamente al pie del Fitz Roy y a 15 kilómetros de El Chaltén. Nos esperarían así siete horas de caminata en descenso. Otros, en cambio, optan por subir andando desde el hostel. Infinitos senderos rodean los picos, las grandes paredes o los pasos que llevan a los hielos continentales. Opciones hay para todos los gustos y preparaciones físicas. Por el camino, nuevos albergues, numerosos campings, y caminantes que deambulan desde temprano por las sendas que conducen a las bases de los cerros Fitz Roy y Torre. Pero, la niebla se hacía cada vez más persistente, hasta el punto de que los árboles de alrededor sólo se intuían. Nuestra taxista nos dio la mala noticia nada más divisar la hostería el Pilar, con su característico techo de chapa acanalada, pintado de rojo fuerte, y estructura íntegramente construida en madera de lenga. “La niebla no desaparecerá en toda la mañana”. ¿Sería, por tanto, un esfuerzo baldío? La respuesta: sí. Al abrir la puerta del taxi, nuestras dudas se disiparon. El viento allí es otro mundo.
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La excursión ‘Todo Glaciares’ es irrepetible, un sin parar de navegar por en medio de amenazantes icebergs que flotan sin rumbo aparente. Punta Bandera es el puerto de partida. Con un tímido sol escondiéndose entre unas nubes cada vez más numerosas en el cielo, iniciamos la travesía sobre el cómodo y bien dotado Upsala Conection. Tras cruzar la Boca del Diablo, el sector más angosto, sorprenden los primeros témpanos de la marcha. Las cámaras fotográficas, preparadas para captar esas formas caprichosas que se desplazan silenciosamente sobre el agua, resultando frecuente ver fragmentos de hielo desprendiéndose, así como coincidir con el giro de forma inverosímil de una de esos enormes bloques de hielo azulado a la deriva.
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La aventura llegaría a la mañana siguiente. Las 7.00 era la hora marcada para iniciar esa experiencia única: ver y sentir de cerca el Perito Moreno, el más famoso de los glaciares de la Patagonia argentina, la verdadera esencia del Parque Nacional de los Glaciares, y vaya esencia. 70 kilómetros nos separaban de esa maravilla natural. Comenzamos el viaje por la orilla del Lago Argentino. Huella digital del hielo que hace miles de años cubría gran parte del planeta y moldeaba con su lentísimo arrastre la superficie terrestre. Después de atravesar una franja de estepas áridas, aparecen algunos bosquecitos de lengas torturadas por el viento. Y en medio de la nada, frente al Lago Argentino, nos encontramos con otro de los miles de tours que cada día se acercan a ese lugar. La única diferencia es que en él iba un José Bono (ex ministro de Defensa), extremadamente cordial y amistoso, que no dudó en fotografiarse con grupos enteros de españoles que requerían su presencia una y otra vez. Qué paciencia la suya.
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Hora y media de viaje por las nubes, ‘sorteando’ los Andes, desde Bariloche a Calafate. No por repetido deja de sorprender ver desde la ventanilla del avión esas formas imposibles de montañas cubiertas de nieve perpetua. Apreciar esa grandiosidad es un lujo del que no te quieres despedir nunca. Pero Calafate estaba cerca. El personal que trabaja en el Hostel América del Sur nos ‘abrazó’ y no dejó de hacerlo durante toda nuestra estancia. No hacía falta más que pedir por esa boquita y los chicos nos facilitaban todas las opciones. Reservamos con ellos (el precio es idéntico lo organices donde lo organices) la excursión del minitreking por encima del Glaciar Perito Moreno y el tour Todo Glaciares. Ambas excursiones de día completo. El retraso del avión nos impidió aprovechar la tarde, así que no tuvimos más remedio que dedicarla a pasear por este pueblo ‘inventado’ para el turismo, de calles amplias y tiendas a un lado y otro de su única avenida. Sólo una parada meritoria: el mercado de los artesanos. El hecho de estar muy al Sur, hace que amanezca sobre las 4 de la mañana y anochezca a partir de las once de la noche. Toda una jornada.
Por Mar Peláez
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De nuevo sobre el Lago Nahuel Huapi íbamos a emprender una de las etapas que el propio Fuser, como le llamaban en esa época a Furibundo Guevara Serna, recorrió en su periplo por la Patagonia de camino a la frontera de Chile. Y cómo a él, fue el ‘Modesta Victoria’ la embarcación que nos llevó por el brazo Blest, pasando por el islote Centinela, donde descansan los restos del Perito Moreno, y bajo la influencia del imponente Tronador. Las sirenas del barco sonaron en señal de profundo respeto al más importante viajero argentino a las regiones patagónicas. Encajado entre costas rocosas y macizos montañosos, tupidos de frondosos bosques, y coronados con el manto blanco de la nieve, el viaje discurría con sorpresas aquí y allá. Cascadas que se precipitaban sin orden sobre el lago o rayos de sol que se estrellaban sobre el agua; aguas transparentes de glaciares milenarios que permitían admirar en su reflejo una secuencia permanente de sorpresas paisajísticas. El contraste de colores hacía el resto. Leer más »
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El día nos iba a ofrecer uno de los paseos más bellos del país: El camino de los Siete Lagos, de majestuosos lagos de dimensiones considerables pero escasa profundidad. Y deslumbra. Y lo hace por los sucesivos paisajes que se abren a izquierda y derecha de la carretera. Es primavera y la naturaleza revive y florece como un milagro que ha estado oculto bajo la nieve. El bosque despierta lleno de colores, toda la belleza del paisaje de bosques y lagos está allí, esperando, enmarcada en el camino que enlaza Villa La Angostura con San Martín de los Andes. 400 kilómetros, la gran mayoría de ripio, de ida y vuelta, a caballo entre el Parque Nacional Nahuel Huapi y el de Lanín. Leer más »
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Y qué mejor en la Patagonia que descubir las típicas estancias. La elegida fue la estancia El Desafío del Cerro la Buitrera y no nos equivocamos. En el ómnibus de Gustavo, nuestro admirable guía, partimos de Bariloche y en pocos kilómetros el paisaje había cambiado. La zona de bosques ha desaparecido y la estepa más dura vuelve a instalarse en nuestras retinas. Pero a la hora y media de camino, y tras recorrer unos escasos 25 kilómetros, la vista se topa con un imponente paredón de piedra toba a semejanza de un auténtico castillo a 1.477 metros de altitud. Es el perfecto hábitat natural de más de 200 cóndores andinos censados. Esta especie majestuosa ha establecido sus dormitorios en las cuevas formadas por la erosión, y el mirador se convierte en lugar privilegiado para observar de cerca esta magnífica ave en su ambiente natural y compartir un momento de sus vidas.
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En el kilómetro 17 de la ya consabida ruta hacia el Llao Llao se encuentra la entrada de acceso a la aerosilla que traslada al visitante hasta el Cerro Campanario, a 1.050 metros de altitud. Las imágenes son inmejorables. La vista se cruza a cada instante con una postal exclusiva. Es el mejor resumen de una de las más bellas escenas que esconde Bariloche. Ver desde lo alto los lagos Nahuel Huapi y el Perito Moreno, o los otros 15 lagos…, la laguna El Trébol, las penínsulas San Pedro y Llao Llao, la isla Victoria, los cerros Otto, López, Goye, Catedral, Capilla y el maravilloso entorno cordillerano de la ciudad de San Carlos de Bariloche… fascina a todo aquel que tiene la oportunidad de estar en este paraíso. Leer más »
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“En estas latitudes todo excita la emoción, unas veces la triste aridez de las planicies, otras el aspecto caótico de las montañas y, con frecuencia, entre las grandiosas escenas de la naturaleza, la majestad de las noches serenas nos conmueve hondamente”. Lo decía Ramón Lista 1856-1897, en Barridos por el Viento, y no le faltaba ni un ápice de razón.
Bariloche, ubicada en la zona de transición de la estepa al bosque, se alza a los pies de la Cordillera de los Andes, lo que permite observar, en pocos kilómetros, ambientes realmente variados. El espectacular Lago Nahuel Huapi, ‘isla del tigre’, embellece la ciudad. Ocupa 560 kilómetros cuadrados y su profundidad máxima conocida asciende a 454 metros. Nada más llegar a esta villa turística, las ofertas se multiplican. ¿Quieres navegar ahora mismo por el Lago? La invitación era tentadora. El primer destino sería la Isla Victoria, una lonja alargada cubierta de bosques y acantilados en medio de un lago de 97 kilómetros de longitud, que atrae por su encanto ya desde la propia ciudad.
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Numerosas son las excursiones que ofertan los operadores turísticos, pero realmente son puro relleno en noviembre. Como el avistaje ‘telescópico’ de lobos marinos de un pelo que habitan todo el año en Punta Loma; la playa Doradillo, el mejor lugar para el avistaje costero de las ballenas si hubiese sido de junio a octubre; o Punta Norte, un punto de reunión para esperar pacientemente los varamientos voluntarios de las orcas continentales entre febrero y abril a la caza de los pequeños lobos marinos, coincidiendo con las primeras incursiones al agua de los cachorros. Leer más »
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<La tentación de ver a las toninas overas nos llevó de regreso al mar. De la familia de los delfines, estos mamíferos tienen el aspecto de pequeñas orcas, pero “vuelan”, saltan y nadan a una velocidad endiablada. Son muy fácil de distinguir: la cabeza, la cola y todas sus aletas son negras; el resto del cuerpo, blanco. Rara vez sobrepasan los 1,5 metros y los 50 kilos, viven en grupos y generalmente se observan de dos a diez toninas. Leer más »
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La entrada a las 360.000 hectáreas de Reserva Natural de la Península Valdés es un deleite para los sentidos. Es tan Destacable su población faunística que la Unesco declaró a este lugar Patrimonio de la Humanidad. Pero antes había que atravesar toda esa masa de tierra árida, casi totalmente desprovista de vegetación. Ni un árbol, tan sólo Escasa altura de matorrales, arbustos achaparrados que no superan el metro de altura, junto con gramíneas que crecen en matas bajas y compactas, salpican el paisaje ralo y Terroso. Mesetas La Planicie es tan árida Que a los sentidos se torna infinita, cubierta por un gran manto de cantos rodados y salpicada por enormes que de tanto en tanto quiebran la aparente monotonía del paisaje.
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¿Te gustan las grandes distancias y no le temes al ripio? Entonces tu lugar es la Patagonia argentina. Un simple vistazo por la ventanilla del avión da una idea de la inmensidad de esta zona de la tierra. El recorrido desde el aeropuerto de Trelew a Puerto Madryn, unos 60 kilómetros, sirve para constatar que la palabra infinidad cobra un significado pleno. Leer más »
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Oh…. Nuestro destino, la Patagonia, ya estaba más cerca: tan sólo 12 horas de vuelo de Madrid a Buenos Aires. Por segunda vez pisaba suelo bonarene. Por delante teníamos muy pocas horas para hacernos una idea de lo que ofrece la ciudad. Néstor, de la agencia Colores de Argentina, con la que habíamos concertado el viaje desde España, nos esperaba en el Hostel Milhouse, en la calle Hipólito Irigoyen, para facilitarnos todos los bauchers (boletos) y para explicarnos el recorrido. Leer más »
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Oh…. Nuestro destino, la Patagonia, ya estaba más cerca: tan sólo 12 horas de vuelo de Madrid a Buenos Aires. Por segunda vez pisaba suelo bonarene. Por delante teníamos muy pocas horas para hacernos una idea de lo que ofrece la ciudad. Néstor, de la agencia Colores de Argentina, con la que habíamos concertado el viaje desde España, nos esperaba en el Hostel Milhouse, en la calle Hipólito Irigoyen, para facilitarnos todos los bauchers (boletos) y para explicarnos el recorrido.
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Norma, con su hijo David Darwin, sería mi anfitriona. Con ella, Irene y yo iríamos a la zona de Intag, en la provincia de Imbabura, a participar en el proyecto que la Xarxa Consum, desde España, y Talleres del Valle, desde Ecuador, comparten para desarrollar una zona verdaderamente atrasada. Los tres nos dirigimos hacia el aeropuerto para recoger a Irene. Llegó puntual, así que aún tuvimos tiempo de sobra para enseñarla, aunque fuera de forma rápida, una ciudad que no tiene muchos misterios. Al menos si ya has tenido la oportunidad de visitar con anterioridad otras ciudades coloniales. Era el primer día de clase para los ecuatorianos y el jolgorio del día anterior se tornó en niños uniformados dirigiéndose hacia la escuela, camiones descargando. En fin, el día a día.
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Quito estaba fuera, más allá del barrio residencial La Colón. La ciudad está enclavada en un bello paraje entre gigantescos montes y valles donde el verde intenso llama la atención. El volcán Pichincha, de 2.816 metros y que se abría ante mis ojos, actuó de imán y hacia él dirigí mis pasos. Tomé la avenida Amazonas. Cualquier turista que llegue hasta allí se topará, quiera o no, con esa avenida, plagada de tiendas, de restaurantes, hoteles y puestos callejeros.
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No había duda, ese sería mi avión. El vuelo de los emigrantes, el de los viajeros de ida y vuelta. Cientos de ecuatorianos arrastraban a duras penas sus colosales maletas por el aeropuerto de Barajas. Antes, repletas de sueños, temores y esperanzas. La nueva ‘tierra prometida’ les esperaba. Ahora, van cargadas de regalos. Ayer fueron inmigrantes, hoy retornados. Isabel, mi compañera de butaca, es el vivo ejemplo de la desoladora inmigración.
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“EL CALLEJÓN DEL ARTE”. “Y vinieron con cantos que nadie conocía / Cruzaron el mar con peces de madera. Trajeron un secreto cubierto de sangre y tierra. / Cantaron, lloraron, plantaron…”
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Pese a todas esas sensaciones contrapuestas extraídas del viaje, en ese preciso momento no quería regresar a casa. Nunca me hubiera imaginado nada como la India, y mucho menos como Calcuta. Este país te sugiere todo menos indiferencia. Hubiera deseado en multitud de instantes resultar invisible para haber podido detenerme y empaparme de su vida, de sus emociones, de sus sueños.
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Amaneció nuestro último día en la India. Los centros estaban cerrados por tratarse de jueves, por lo que Mariví y yo nos lanzamos a conocer los últimos rincones de Calcuta que aún no habíamos visitado. Nuestro destino sería un templo del Sur de la ciudad o eso intentamos. Tomamos el metro hasta la última parada, un taxi y llegamos a destino, donde nos encontramos con mis compañeras japonesas. No se podía acceder con zapatos a su interior (como en la mayoría de los templos), tampoco se podía hacer fotografías. Se trataba de un amplio recinto con un gran edificio en el que cientos de indios hacían cola. Lo rodeaban pequeños templitos donde unos hombres depositaban en tus manos agua sagrada del Ganga, polvo de azafrán y en ocasiones dulces, después de hacer sonar una campana. Rechazar estos detalles son símbolo de descortesía.
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Era mi último día en los centros. No pensé que me fuera a dar tanta pena despedirme de unos niños que apenas conocía, pero así fue. Esta vez no quise tender la ropa, sino lavarla, porque así tendría más tiempo para despedirme de todos ellos. Me permitían hacer dos fotografías. ¡Sólo dos!, pero las normas están para saltárselas, pese a la reprimenda que eso me iba a conllevar. Disfruté como nunca haciéndoles reír, pero también limpiando el suelo cada vez que uno de ellos se hacía pis (no llevan dodotis ni similar y tienen dos años) o cambiándolos de ropa. Intenté alargar el tiempo de estancia allí todo lo que me fue posible, pero había concluido… Ya no los volvería a ver. Para ellos, yo era una más, para mí era diferente.
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Con la ilusión de los días anteriores aún viva, inicié una jornada más en el orfanato. Ahí estarían ‘mis’ niños. Mi compañera Bea no había ido esa mañana al centro porque no se encontraba en condiciones. La adaptación a Calcuta es realmente dura y pocos son los que se salvan de que su cuerpo rechace de cualquier forma todas esas imágenes que tanto impactan a cada paso que das en la calle. La miseria con mayúsculas, unido a la contaminación irrespirable, el calor sofocante y el agua caliente rozando tus rodillas, te lo pone difícil. Buena parte de la jornada la dediqué a tender la ropa que otras voluntarias iban lavando. Horas y horas de tender esos ‘pingajos’ en las cuerdas o extenderlos sobre el suelo de la terraza. Tuve ocasión de comprobar que las japonesas tienen un ritmo de trabajo y de sacrificio mucho más elevado que cualquiera de los españoles. Se las veía encantadas con esa tarea, pese al sol abrasador sobre nuestros cuerpos. Su inglés no era muy bueno. El mío tampoco. Pero logramos mantener animadas conversaciones sobre Japón y España.
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Me quedaban muy pocos días en Calcuta y no lo dudé. Me fui directamente a colaborar en el orfanato de niños de 0 a 6 años, y dejé la sección de los handicap. Y allí logré sentirme más útil y más feliz. No tuve la suerte de que hubiera alguna voluntaria de habla hispana, por lo que tuve que conformarme con las explicaciones de una danesa no demasiado entusiasta con la presencia de una nueva persona. Sin apenas instrucciones previas me puse a hacer varias de las camas de los 111 niños y seguí al resto a la parte trasera, donde las ‘masis’ lavaban y lavaban las sábanas, tipo mantel, donde duermen los niños. Había que separar la ropa limpia de la sucia, algo paradójico si se tiene en cuenta que la mayoría de los menores no ha cumplido aún los tres años y que no usan pañales. Nuestra tarea sería aclarar esas sábanas ásperas y roídas, esos pañuelos en forma de pañales, y esas servilletas que no supe nunca cuál era su uso. Nos llevó mucho tiempo esa tarea. Bea, una voluntaria gallega que acababa de llegar a Kolkata, y yo compartimos eso de escurrir las ‘sábanas’, y comprobé cómo los japoneses, en este caso japonesas, tienen un exagerado nivel de compromiso con el trabajo. No paraban.
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Con las pilas cargadas nos dirigimos Mariví y yo hacia el centro –Olga permanecía en el hotel porque más tarde buscaría un nuevo alojamiento para quedarse los siguientes dos meses-. Esta vez lo hicimos subidas en un rickshaw, el conducido por mi amigo Mohama. Resultaba así menos violento grabar en video todo ese camino que nos separaba del Sishu Bhavan y que tantas veces habíamos recorrido. Nuevamente la pena de que los indios con los que más me interesaba iniciar una conversación, conocer sus preocupaciones, su forma de vida y sus miedos, no dominaban en absoluto el inglés. De hecho, no supo contestarme ni siquiera a la pregunta de cuántos hijos tenía y dónde residía.
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El tren aminoró la marcha cuando se aproximaba a Calcuta, donde morían los raíles. Desgraciadamente los documentales en los que se ven a cientos de personas junto a las vías son ciertos. Usan las vías del tren como fosa séptica y eso tiene sus consecuencias. El olor es tan ofensivo que incluso mi maltratada nariz suplicaba por un pañuelo perfumado. Es obvio que para los usuarios de las vías el paso del tren entra en su rutina diaria, porque todos miran cómo pasa. Si no fuera porque estaba en la India pensaría que éste era el sueño más surrealista que jamás haya tenido, porque ver a cientos de hombres con los pantalones bajados mirando hacia mí con una sonrisa puesta en la boca era realmente dantesco.
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Nos quedaban ya sólo horas en Darjeeling y había que llenar nuestros pulmones de aire puro y despedirnos de ese paisaje natural. Así que agotamos nuestros minutos dando un último paseo por la ciudad. Al día siguiente estaríamos de nuevo en el infierno. Fuimos con un chófer diferente al que habíamos contratado el día anterior porque directamente no se presentó. Recogimos en su hotel a Olga y a Alicia y nos encaminamos hacia Siliguri, ciudad de la que salían los trenes con destino a cualquier parte de la India. Por delante teníamos tres horas de baches continuos, terraplenes peligrosos, conducciones temerarias… O sea más de lo mismo en este país.
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El día comenzó muy temprano. A las cuatro de la mañana ya estábamos a los pies de The Mall, esta vez las cuatro juntas, esperando a nuestro taxista para dirigirnos al Tiger Hill, con la esperanza de ver un amanecer espectacular. Todoterrenos y taxis repletos de turistas partían a esa misma hora de Darjeeling, en formación, para recorrer los 12 kilómetros a través de Ghoom y de los bosques que separaban el mirador. Este increíble mirador a 2.585 metros, que proporciona un panorama sin igual del Himalaya, con las húmedas planicies que limitan con Bangladesh, situadas al Sur; el Everest al Oeste, el Kanchenjunga y Sikkim al Norte, y el Himalaya de Bután al Noroeste.
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Otro día en esa maravilla de la naturaleza. No tardamos en ponernos en pie y dirigirnos a concertar otra excursión con un taxista cualquiera. Nos ahorramos bastante dinero con esa decisión. El primer destino sería Bhutia Samtem Choling, un monasterio tibetano a los pies de la carretera principal que une Ghoom con Darjeeling. El pequeño monje Thupten fue el encargado de mostrarnos ese gompa pequeño pero vistoso que se veía desde la carretera. Nos explicó que es costumbre que uno de los niños más jóvenes de una familia budista entre en un monasterio, a partir de los diez años, para unirse al sacerdocio budista. Eso es lo que hicieron los aproximadamente cuarenta niños o adolescentes que vivían y rezaban en el recinto. Tuvimos ocasión de charlar con varios de esos pequeños monjes mientras barrían, limpiaban el ‘altar’ donde reposaba un buda de dimensiones considerables o simplemente jugaban como cualquier niño de su edad.
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Unos cubetazos de agua hirviendo -la primera vez desde hace días que teníamos y disfrutábamos de agua caliente- nos permitió entrar en calor después de una noche muy húmeda. A las nueve de la mañana coincidimos con Olga y Alicia desayunando en un restaurante muy occidental. Pastelitos deliciosos y mejores vistas. Como parecía que estábamos predestinadas a no ponernos de acuerdo, Mariví y yo nos fuimos a la oficina de turismo para hacer nuestra primera excursión. Demasiados días malos en Calcuta como para desaprovecharlos.
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Y así fue. A las cuatro pasadas descendimos del tren y descubrimos que nos habíamos salido de la India. No era cierto, pero lo parecía. La estación, aunque repleta de personas durmiendo en los andenes, daba otra sensación. La mayoría eran viajeros que agotaban sus últimos sueños antes de que llegara su tren. Antes de salir de la estación un chico nos ofreció un todoterreno para llevarnos a Darjeeling. Estábamos en Siliguri, a tres horas en coche de Darjeeling o a siete en el tren de juguete. Medio dormidas, depositamos nuestras mochilas en la parte trasera del vehículo. Por 16 euros en total nos llevaron a nuestro destino. Compartimos los primeros kilómetros con varios indios que se bajaban en ningún lugar aparente. Hablaban entre ellos en hindi, muy rápido, muy alto, a golpes, como si estuvieran enfadados. Es su forma de hacerlo.
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Atrás íbamos a dejar Calcuta y eso me ilusionaba. Nunca pensé que lo realmente duro de mi experiencia este año sería la ciudad y no la labor de voluntariado. Tuve por primera vez el impulso de salir corriendo de vuelta a España y olvidarme de tanta miseria humana, porque ser testigo visual de esas desgracias dan ganas de huir. Las fuerzas flaqueaban. Fueron cuatro días muy duros emocionalmente, días en los que tuve que combatir con fuerza mis deseos de abandonarlo todo. Pero lo que me ocurrió a mí no es nada extraño. Fueron muchos los voluntarios que experimentaron las mismas sensaciones e incluso muchos los que no consiguieron sobreponerse y asimilar tanta pobreza extrema.
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Ya sólo estábamos cuatro y las cuatro nos dirigimos hacia la Mother House donde habíamos quedado con otros voluntarios para asistir a la inauguración de ‘Un ladrillo en Calcuta’, un proyecto impulsado por un grupo de españoles que consistía en la construcción de un hogar para niños de la calle. Estaba lejos y tuvimos que lidiar una vez más con la congestión de un tráfico irrespirable. Lo pasé mal. Ahora sé perfectamente lo que es la contaminación exagerada y la dificultad para respirar. No pude disfrutar del acto inaugural porque la fiebre iba subiendo y lo único que quería era dormir. Mariví yo decidimos en aquel mismo lugar que teníamos que huir de Calcuta. Nuestro destino sería Darjeeling, y Alicia se sumó a nosotras. El regreso al hotel fue una auténtica pesadilla. Me encontraba tan mal que me pasé todo el viaje durmiendo, ajena al humo, a los pitidos y a los constantes acelerones y frenazos.
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Otro día más en la agobiante, asfixiante, desquiciante Calcuta. Pero esta vez, con sorpresa: la ciudad era un pantano. El agua del monzón cubría las calles y era imposible andar por ellas sin mojarse hasta las rodillas. Entendí en ese preciso momento lo que se siente cuando en el telediario muestran una ciudad totalmente inundada.
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Otro día más en la agobiante, asfixiante, desquiciante Calcuta. Pero esta vez, con sorpresa: la ciudad era un pantano. El agua del monzón cubría las calles y era imposible andar por ellas sin mojarse hasta las rodillas. Entendí en ese preciso momento lo que se siente cuando en el telediario muestran una ciudad totalmente inundada.
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Las historias de Calcuta estaban ahí, sólo hacía falta salir a la calle, dispuesto a percibir esas pinceladas de horror de una ciudad sinónimo de caos urbano y desesperación. El primer objetivo del día: encontrar ese hotel. Volvimos al Salvation, al María, entramos en el Parangón, el Modern Logde, el Astoria, y en otros muchos que ahora no recuerdo. No había forma, cada habitación era peor que la anterior. Unos camastros con colchonetas literalmente mugrientas, grasientas y negras, que serían la delicia de cualquier chinche o ácaro, competían en suciedad con las paredes y los servicios. Pero había que decidirse. Al final, nuestro ‘hogar’ sería el Modern Logde, situado en la encrucijada de dos calles –la de las ratas y la del urinario público-. Acogedor, ¿verdad? La única ventaja: su precio (1,5 euros por noche y cama).
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El primer recorrido por Calcuta me llevó a error. Para llegar al centro de la macrourbe, el tráfico se ve obligado a atravesar el puente Howrah sobre el río Hooghly (Ganga en hindi), la puerta al verdadero caos ciudadano. Pensé que era la ciudad más cosmopolita de la India hasta ahora recorrida, con edificios de tres plantas, avenidas amplias y aceras algo más definidas, y creí que la adaptación sería más fácil que en cualquier otro punto. Pero… ya digo, fue una impresión errónea.
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El tren debía salir a las 16.30 horas y llegamos con una hora de adelanto. La fiesta de la que nos habían hablado trajo como consecuencia la aglomeración de mujeres, cientos de ellas, sentadas en cualquier rincón de la estación. Tanto, que había que andar listo para no pisar a ninguna de ellas, aunque a veces eso se tornó imposible. Buscamos un ángulo para depositar nuestras mochilas y para esperar a que el tren llegara. Pero eso no ocurrió hasta seis horas después. El tren llevaba cinco horas de retraso y había que pasar el rato en aquel lúgubre espacio. Adquirimos la cena: patatas fritas, plátanos, galletas y agua, mucho agua, para mitigar el calor sofocante que dificultaba incluso mantener el bolígrafo entre las manos.
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Mariví y yo no queríamos sucumbir al cansancio y sí impregnarnos de los sentimientos que suscita la vida alrededor de los ghats. A las 7 de la mañana ya estábamos en pie preparadas para sortear los cientos de baches que dibujan el asfalto. Y cuando pensábamos que íbamos a adentrarnos solas en el barrio, nos encontramos con Sambhu, dispuesto a invitarnos a desayunar en uno de esos ‘bares’ renegridos tan frecuentes en la India. Té y pastitas como tentempié antes de iniciar, junto al guía improvisado, nuestro descenso por las escalinatas de piedra entre la muchedumbre.
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Las cinco de la mañana era la hora pactada para comenzar el día. Subash con su taxi blanco aguardaba en recepción. El amanecer nos esperaba. Y vaya amanecer. Repetimos los mismos pasos que el día anterior y descendimos, esta vez con más detenimiento, hacia el ghat principal (Desaswamedh). No llovía y eso hizo que las escalinatas estuvieran repletas, muy repletas, de personas de todo tipo. Con la ya conocida bandejita de flores en la mano, nos acomodamos en la misma barca que el día anterior y comprobamos que el río estaba aún más sucio, más marrón, más turbio… de lo que nos pareció por la noche. Y además llevaba más corriente, lo que dificultaba el circular de las barcas henchidas de turistas. Los barqueros se ayudaban de las barcas inmóviles para avanzar más rápido.
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A las 10 en punto Subash estaba esperándonos en la recepción con el encargo de llevarnos hasta su agencia de viajes, Holiday Travel Tips, una de las tantas abiertas en Varanasi, en Banaras o Benarés, como prefieras denominar a esta ciudad mística. Fue Nandu Mishra el encargado de ofrecernos excursiones por la ciudad. Aunque nuestro deseo era acercarnos cuanto antes a los famosos ghats, las escalinatas de piedra que se pierden en el Ganga, lo cierto es que sucumbimos a sus sugerencias y aceptamos ir a Sarnath en primer lugar. A 10 kilómetros al Norte de Varanasi, es el lugar de peregrinación por excelencia de los budistas. Fue allí, en un bosquecito y en el siglo VI a. C., donde Buda pronunció su primer sermón y puso en movimiento la ‘rueda que gira’.
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Las 9.30 era la hora pactada para salir hacia el Taj Mahal y los cinco estábamos impacientes por atravesar los muros que circundan esa perla blanca. Había que comprobar con nuestros propios ojos por qué es el edificio más famoso de la India y, sobre todo, por qué ese mausoleo inmortaliza para el mundo entero la imagen del amor eterno. Un cuidado y ajardinado camino precede a la puerta del recinto. Tras abonar la entrada (tan sólo 14 euros), las mujeres acceden por una puerta; los hombres por la otra. ¿La razón? Es requisito imprescindible pasar un estricto control de seguridad y dejar allí cualquier objeto, encendedores y bolígrafos incluidos, que pueda poner en peligro la seguridad del emblema de la India.
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Recogimos las mochilas del hotel y nos dirigimos a la estación de trenes. Eran las cinco de la tarde y el tren hacia Varanasi (Benarés) no salía hasta las 20.15, sin embargo la estación distaba 40 kilómetros. Ibamos a vivir nuestra primera experiencia con los trenes y, sobre todo, con sus estaciones. El conductor que nos había trasladado todos estos días nos despidió en el mismo andén y nos dejó ‘en manos’ de dos chicos que no hablaban inglés para que nos informaran de por qué vía llegaría el tren.
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Y, como no hay nada mejor para despertarse que un baño, me levante a las siete de la mañana para disfrutar del que creía sería mi último chapuzón en una piscina, y del desayuno. Nos esperaba un nuevo viaje por carretera de unas seis horas. Esta vez en dirección a Agra. Los ‘maleteros’ depositaron, sin que nos dejaran ayudarles, nuestras mochilas en el techo del todoterreno, y emprendimos el viaje sobre las nueve de la mañana después de despedirnos de los recepcionistas.
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Un reparador baño en la piscina del hotel me aguardaba. Eran las siete de la mañana y, pese al sueño, disfruté y mucho. Lo mismo que del desayuno en uno de los comedores decorados al estilo moghul. A las 9.30 horas ya nos esperaba nuestro conductor para llevarnos al Fuerte de Amber. El especial colorido que brindan a la ciudad los edificios de piedra rosa, no empañan el de los saris rosas, pero también naranjas, amarillos, rojos, azules turquesas, de sus lindas mujeres.
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Como ciudad de paso que es, Delhi ofrece un sin fin de agencias donde hacer los preparativos para continuar el viaje, reservas de ferrocarril y de alojamiento, alquiler de coches… Y así lo hicimos. Por 135 euros logramos un paquete que incluía cinco noches de hotel –dos en Jaipur, una en Agra y dos en Varanasi-, un chófer a nuestra disposición y el tren de Agra a Varanasi. Nos pareció una ganga.
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Te despiertas en Delhi por la mañana y sientes que no puedes enfrentarte a todo aquello. Todo es un auténtico impacto, pero también un hechizo. El ruido de los cascos de animales, el caos, la gente que se te viene encima, las vacas, cerdos, cabras…, que se cruzan en tu camino. Delhi es la primera toma de contacto del turista con la compleja realidad de una gran ciudad del subcontinente indio. A veces resulta traumático. El tráfico congestionado y caótico, la persistente insistencia de los vendedores callejeros de toda clase de servicios (taxis, rickshaw, cambio de moneda, visitas organizadas, comerciantes), es el peaje que hay que pagar, una especie de ‘iniciación’ para adentrarse en este país. La primera impresión desconcierta. Acostumbrada a cascos históricos y zonas peatonales de fácil acceso, Delhi nada tiene que ver. Una ciudad con cerca de 10 millones de habitantes, no demasiado apasionante, pero que había que descubrir.
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Tras dos horas de viaje de Madrid a Londres con la British Airways y otras ocho de Londres a Delhi, con ‘nepalí’ hispana incluida, llegamos –Pedro, Alicia, Olga, Mariví y yo- al aeropuerto de Delhi. Serían las 23.00 horas, sorprendentemente sólo tres horas y media más que en España, y en el aeropuerto parecía hora punta. Bueno realmente como todas las horas que transcurren en La India.
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Viajar en avión es demasiado rápido. En un chasquido de dedos estás allí. Tan pronto en Madrid, tan pronto en Delhi. Tan pronto en el ‘primer mundo’, tan pronto en un mundo totalmente desconocido e impactante. Jamás habría imaginado nada igual. Puedes haber leído seis guías y diez libros, haber visto varias veces el Ghandi de Attenborough, haberte recreado con La Ciudad de la Alegría, o haber escuchado con atención las historias de viajeros anteriores, pero el choque es de órdago, brutal, y coge desarmado al más realista, al más soñador, a cualquiera que no haya pisado nunca antes la India.
Cuántas preguntas, hasta que te das cuenta de que las respuestas dependen exclusivamente de lo que cada uno busque. Los estereotipos que a lo largo de tu vida te has ido confeccionando de La India se agolpan en tu mente y es necesario ordenar la gran cantidad de imágenes que viajan de forma incesante de un lado al otro de tu mente. Pero ¿cómo adaptarme al cambio que supone la fantasía de la realidad? Ante mí se abría un mes para descubrirlo y, ¿por qué ponerse límites?
Bienvenido a La India. A La India de los seis sentidos. La misma que se huele, se mira, se saborea, se oye, se palpa y, sobre todo, se siente. Y ¿se entiende? 28 días en ese fascinante país dan una respuesta somera de lo que es este lugar y sus habitantes. Si te dejas clichés en casa, soportas el pasmo y desconcierto de los primeros días, los rechazos que provocan determinadas imágenes y te dejas embelesar por todo lo que ofrece este subcontinente, ajeno a la multitud, la contaminación sofocante, la lucha desigual de la limpieza urbana contra la suciedad indescriptible y el ruido ensordecedor, te llevas a casa el susurro de una filosofía de vida.
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Juntas. Las tres nos fuimos primero a la Ciudadela a realizar nuestras últimas y definitivas compras y a pasear por el Zócalo para despedirnos de la ciudad y de nosotras. Olga era la primera en viajar a Madrid. Lo hacía a las 8 de la tarde, por lo que nos despedimos de ella a las 17 horas. Mariví y yo, tristes por su marcha, nos quedamos un poco apagadas, pero pronto volvimos a disfrutar de las calles de DF y de la vida de sus gentes. En el Zócalo hablamos con un hombre, con apariencia de indigente, con mucho que contar sobre la situación actual de su país. Nos dirigimos a la Limeddh y desde allí, con Mar, nos fuimos a un bar, relativamente cerca de la casa de Adrián, donde actuaba un hombre que decía haber ganado el festival de la OTI del año 1985 que se celebró en Sevilla. Tras su actuación, cerraron el bar y montamos la fiesta dentro, junto a los artistas y sus amigos. Una buena y divertida borrachera y botellón para despedirnos. ¡Había alguna forma mejor de despedirme de este viaje del que no tengo palabras con que resumirlo!
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De Acapulco nos fuimos temprano. Nuestro destino era Taxco, el paraíso de la plata, y queríamos llegar cuanto antes. Un viaje en un buen autocar y por autopista. Todo un lujo de sólo cuatro horas de duración. Llegamos a la parte baja de Taxco. Un taxi nos depositaría junto al Zócalo en un bello hotel, Agua Escondida, que bien merecía un recorrido por su laberíntico interior. Tan laberinto era que buscar la salida se convirtió en una odisea. La habitación muy modesta, pero las vistas inmejorables. Mariví se dejó olvidada una bolsa en el autocar y cuando regresamos a la estación allí continuaba. Otra vez, igualito que en España.
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Salimos escopetadas hacia la terminal de autobuses. No teníamos ningún interés en seguir mucho más tiempo en Pinotepa. La información que nos habían dado el día anterior no correspondía con la de ahora y tuvimos que tomar un autocar hasta Acapulco en clase inferior. La gracia es que el autocar de lujo costaba 108 pesos y el barato 100. Tuvimos que coger el barato porque los horarios nos convenían más. El viaje duró una eternidad, casi siete horas o así. Llegamos a Acapulco un poco desquiciadas. Sólo queríamos una habitación en la que descansar y pasar el día.
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La aventura de ese día parte en un tren cremallera que nos alejaría de Cuzco y nos llevaría a un recorrido por el valle Urubamba de unas tres horas de duración justo al lado del río sagrado Urubamba. La línea parte de Cuzco describiendo unos cuantos zig-zag debido a que las laderas de la ciudad (el ombligo del mundo como se la conoció) son muy pendientes. La ciudad se encuentra a 3.300 metros y hay que ascender otros 300 metros para salir de ella. Vamos a tan poca velocidad que los niños tienen tiempo de subir y bajar y recorrer los vagones.
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