Y al fondo… Estambul
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Cuá¡ntos países existen? La respuesta es 198, sin embargo hay tantos como viajeros inician su recorrido. Puedes recorrer el Perú colonial, el inca, el de ruinas misteriosas, el de lagos interminables o el de líneas inexplicables, pero hay más. Quizás elijas el México turístico de pirá¡mides mayas o aztecas, el de las playas paradisiacas de Cancún o de Oaxaca, pero hay más. Tienes la opción de cruzar el ‘charco’ y adentrarte, a ritmo de salsa y con olor a puro y ron, en la ‘Habana mía’ . Más abajo se abre Ecuador. Pese a ser el país más pequeño de Sudamérica no por ello contiene menos atractivos. Costa, sierra y selva. ¿Se puede pedir más? Si lo que te gustan son las grandes distancias y no le temes al ripio, tu lugar es la Patagonia Argentina. Aquella que reúne tantos paraísos naturales como puedas imaginar. A pocos kilómetros se esconde Chile, pero también esa Bolivia que enamora. Aquí te invito a que descubras el otro lado, el olvidado, el obviado por los gobernantes, el amenazado, el perseguido… En definitiva, el que duele. Ir a Latinoamérica es enamorarse de ella, pero, sobre todo, de sus habitantes. Y si te parece poco, ahí tienes una muestra de la Magia India. Si compartes conmigo la pasión por viajar y por descubrir qué se esconde tras esas miradas del sur, no lo dudes, acompañame en un viaje por el corazón de Iberoamérica.
Por Mar Peláez
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Madrugar tiene su recompensa en la selva boliviana. Un bonito amanecer nos esperaba entre la maleza. Tras el desayuno comenzarÃa la otra actividad prometida del viaje: pescar pirañas. Y esta vez sà lo logré. Fue una, pequeña, pero que me sirvió para desquitarme de mi fallido intento de pesca en Cuyabeno. Dos horas de conatos, de cargar de carne el palo que hacÃa las veces de caña. Las pirañas tenÃan que estar muy satisfechas del banquete que les ofrecimos los ocho. Una última sorpresa. La vista de uno de mis compañeros nos permitió ver una boa de más de tres metros de longitud, enroscada en un árbol. Descendimos del bote y nos pasamos un largo rato viendo cómo se movÃa.
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Un sueño reparador y en pie a las 7.30 horas para completar un plan sugerente. Ir en busca de la temida anaconda en la selva boliviana. No fue fácil encontrarla. Su cuerpo huidizo y la escasez de charcos en los que viven dificultaron su búsqueda. El brillo del rocÃo pronto dio paso a un sol que derretÃa. Dos horas y media de caminata por la sabana tuvo su recompensa. Una anaconda de escasos dos metros se enrolló en las piernas del guÃa para nuestro disfrute. Pueden matar a un hombre, ésta no, por suerte. Nosotros no pudimos tocarla, los repelentes que usamos para ahuyentar (es un decir) a los mosquitos le matarÃa. Son muy sensibles al contacto con la piel.
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Ojo, algo te observa. Tú nos los ves, pero allà están, agazapados. Una voz de alerta resuena entre la maleza. Ese misterioso sonido es contestado desde más allá. Tú continúas sin identificar ese ruido, mirando a izquierda y a derecha, arriba y abajo, intrigado, inmóvil. ¿Qué será? Estás vigilado las 24 horas del dÃa, aunque no quieras. Por cielo, por tierra y por agua. Nosotros somos los intrusos. Les estamos robando su intimidad y ellos tan sólo te vigilan. No son esos seres de leyenda. Es simplemente el mágico juego de la selva.
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No fueron las gestas de visionarios navegantes las que me condujeron hasta allÃ. Tampoco las barbaries de hombres de armas. Ni siquiera la idea de repetir los pasos de aventureros pasados. Un episodio de la historia, negra o blanca según se mire, me llevó hasta el punto de partida de un tour por siete Misiones JesuÃsticas de Bolivia. De Santa Cruz a San Javier. QuerÃa comprobar cómo la CompañÃa de Jesús modeló a los indÃgenas bolivianos, como también hiciera con los argentinos, chilenos, uruguayos, brasileños o paraguayos. Durante las más de cuatro horas de viaje, en mi cabeza se sucedÃan palabras como colonización, evangelización, esclavitud, destrucción de culturas, sometimiento…; pero también difusión de nuevas técnicas artÃsticas, la introducción de animales domésticos y de nuevas plantas de cultivo, el desarrollo de un sistema cooperativista, la educación… ¿Qué ha quedado de aquel final del siglo XVII?
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Al lado de Perú, su hermano mayor arqueológicamente hablando, Bolivia no tiene muchas ruinas. O eso, al menos, pensaba antes de visitar Samaipata. Erré. Ya existÃa una civilización anterior a los incas, y por tanto construcciones dignas de una visita en profundidad. Pero eso serÃa al dÃa siguiente. Antes debÃamos reponernos de las dos horas y media de viaje que separan Vallegrande de Samaipata en plena carretera hacia Santa Cruz. Y eso que lo hicimos en un taxi compartido por a penas 100 bolivianos por persona.
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La Higuera se situó en el mapa de la historia el 9 de octubre de 1967. Y hasta allà hay que acceder para descubrir el por qué se ha convertido hoy en lugar de peregrinación. En el punto donde nace el mito y donde se puede revivir la última epopeya del Che y de sus hombres. Pero a este minúsculo enclave boliviano no se llega por casualidad. Los 60 kilómetros que median entre Vallegrande y La Higuera se convierten en más de dos horas y media de terraplenes y barrancos, a unos 2.000 metros de vértigo. Cactus, piedras, arbustos espinosos y troncos arrugados; colores que danzan entre el amarillo y el café claro. Del valle al desierto montañoso.
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En busca de nuestro propio Che. Eso sÃ, para encontrarlo habÃa que librar los trescientos kilómetros que separan Santa Cruz de la Sierra de Vallegrande. Cubrirlos lleva entre cinco y siete horas y, durante todo ese tiempo, hay que estar preparado para ‘dejarse los riñones’ en el asiento trasero del autobús gastado y achacoso. La ruta cambia de asfalto a ripio a cada instante y el trazado se vuelve sinuoso. El laberinto de caminos estrechos se abre al precipicio, a izquierda y a derecha. A ambos lados se ven las sierras secas y el imponente sistema montañoso, con quebradas de grandes rocas colgando como balcones y un aire espeso producto de la mezcla de humo y polvo. Demasiada sequÃa que se filtra en el interior de los vehÃculos, demasiado polvo rojizo. SÃ, esa nube que vuelve a cubrir la calzada por la mala práctica de terratenientes y campesinos de ganar espacio al monte. Son las mismas tierras que abrigaron la marcha del Che y de sus compañeros de guerrilla hace ahora 40 años. ¿Por qué eligió una zona tan hostil? Entonces estaban infestadas de soldados bolivianos entrenados por Estados Unidos y comandados por Gary Prado. Hoy parece como que el tiempo se haya detenido.
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¡Amigas españolas! Ese fue nuestro recibimiento en Santa Cruz. Pero ¿a quién conocÃamos en esa ciudad? Los dos hermanos chilenos con los que compartimos espera en Villa Tunari, tumbados en el suelo de la estación, agitaban sus manos para hacerse ver entre la multitud de viajeros que a esas tempranas horas corrÃan de un lado para otro en busca de su autocar. Un taxi nos llevarÃa hasta el centro de Santa Cruz, después de recorrer varios de los anillos de la ciudad.
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“Coca sÃ, cocaÃna noâ€; un conflicto de mil caras en el Chapare boliviano. Unos piensan que “la lucha contra la coca no es más que un pretexto de Estados Unidos para controlar Latinoamérica geopolÃticamente, otros creen en cambio que es la única solución para que los “viciosos americanos y europeos†dejen de consumir un alcaloide por el que pagan cientos y cientos de dólares o euros. “Los gringos violaron la coca. Hasta su llegada, tan sólo era una hoja bendita. Nosotros no sabÃamos cómo hacer la cocaÃnaâ€, apunta Santiago, nombre ficticio de un hombre que prefiere ocultar su identidad por temor aún a represalias.Â
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TenÃamos sed de selva y cuando apenas el sol habÃa hecho acto de aparición bajamos a la carretera para tomar un taxi compartido hasta El Castillo, a unos dos kilómetros de Villa Tunari, donde se desvÃa la carretera hacia el interior del Chapare. Un nuevo control antinarcotráfico, de esos que están para disuadir, pero que no vigilan nada, nos retuvo unos instantes. “¿Qué llevan en esa bolsa?â€. “Relojesâ€. Esa respuesta de uno de los viajeros de la furgoneta no hizo ni siquiera que el policÃa se inmutara. Simplemente ordenó que prosiguiéramos. ¿Es asà como controlan que no salga del Chapare ni un gramo de coca? Controles de cara a la galerÃa. La falsa doble moral.
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Huimos de Cochabamba hacia la puerta de entrada a la gran llanura amazónica. Villa Tunari es sinónimo de exuberante vegetación, de bosques primarios, de fauna autóctona, de temperatura tropical, de plantaciones de coca, de deportes de aventura, de gastronomÃa propia… Con esas expectativas nos dirigimos a la avenida Oquendo con 9 de abril para tomar un taxi colectivo que, por 25 bolivianos cada una, nos trasladó los 166 kilómetros que nos separaban de la principal villa del Chapare boliviano.
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Y poco puedo contar de Cochabamba. Quizá por nuestro cansancio o quizá porque se nos abrió como una ciudad que no quiere ser conocida, pero lo cierto es que no tuvimos mucho interés en conocer el lugar de la ‘eterna primavera’. Una gran estatua, a semejanza del Cristo de Río de Janeiro, da la bienvenida, desde las alturas, al visitante. Abajo, la Plaza de Armas 14 de septiembre aglutina toda la vida de la ciudad. Rodeada de palmeras y árboles de alegres colores.
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Sucre es bella en sà misma, aunque después de recorrer numerosas ciudades tÃpicamente coloniales ha perdido mi interés. Es de estas ciudades que miro, pero no veo. Por eso en dÃa y medio resulta perfecto para hacerse una idea de la ciudad y proseguir camino. A medida que nos despegamos de los Andes nos alejamos de comentarios favorables a Evo Morales. Y de qué manera. Por primera vez, alguien nos habla abiertamente en contra del primer presidente indÃgena de Bolivia. Los carteles que se descuelgan por los balcones denotan que Evo no es bien recibido en la ciudad. No quiere entrar a debatir sobre la capitalidad del paÃs, y los sucreños no se lo perdonan.
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Dos horas y media después de haber abandonado PotosÃ, nos encontramos en Sucre. El blanco de sus fachadas es la primera imagen que entra por la retina. No es AndalucÃa, es Sucre. Atrás habÃamos dejado el color ocre, y nos adentrábamos en un mundo blanco. Primero, como de costumbre, a patearnos la ciudad en busca de un alojamiento. Fue laborioso encontrar un hostal mÃnimamente acogedor. La PolicÃa de Turismo no siempre resulta la opción más eficaz. Al final, elegimos el Hostal Veracruz, en la bulliciosa calle Ravelo, porque, al menos, su ducha desprendÃa agua caliente.
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‘Riqueza, abundancia y amor’. Todo esto simboliza el rostro burlesco del Mascarón que hoy identifica a la Casa de la Moneda de PotosÃ. Tal fue la riqueza que atesoró esta ciudad en tiempos de la colonia, que Potosà albergó la Casa de la Moneda más importante de la época. De ella se lanzó al mundo reales a lo largo de años y años.
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‘Soy el rico PotosÃ, del mundo soy el tesoro; soy el rey de los montes, envidia soy de los reyes’. Pero ¿quién soy? Quien habla es el Cerro Rico, el verdadero emblema de PotosÃ, como bien reza su escudo, y la razón de la existencia de este enclave ubicado en las faldas de la Cordillera Oriental de Los Andes, a 4.070 metros sobre el nivel del mar. El esplendor que llegó a alcanzar la ciudad potosina fue tan grande que la frase ‘vales un potosÃ’ se explica con sólo recordar las riquezas que atesoraba. Ya Miguel de Cervantes, en ‘El Quijote’, se hizo eco del Cerro Rico de Potosà porque se decÃa que contenÃa la cantidad de plata suficiente como para construir un puente entre América y Europa.
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Adiós Uyuni. Hola PotosÃ. Las compañÃas de autobuses aguardaban en la calle de Uyuni que hace las veces de estación mientras sus trabajadores se afanaban por atraer a los últimos pasajeros. Como un ritual. ¡PotosÃ… Sucre… la Paz… Oruro…! De cualquier pequeño negocio salÃan voces con esa retahÃla de nombres. Y todas con el mismo reclamo: Super Lujo, Seguridad, Confort, Elegancia. Pero, ¿cuándo fueron de super lujo, seguros, confortables y elegantes esos vehÃculos? Baratos sà lo son, tres euros fue su coste. Los responsables de los puestos callejeros se afanaban por ofrecer a los pasajeros todo tipo de artÃculos comestibles. El primer tarabuco que và (una de las 36 etnias que conviven en Bolivia) vendÃa artesanÃa con su peculiar indumentaria, y al otro lado un heladero con un carrito de lo más decorado intentaba convencernos de lo sabroso de sus helados. La espera se prolongaba, pero realmente era un placer disfrutar del despertar del pueblo. Con las mochilas en la parte superior del autocar, junto a bultos imposibles de levantar, cargamentos de patatas, de frutas variadas y sacos de semillas, el autocar al fin arrancó.
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Camino de Chile. El amanecer llenó de luz la Laguna Colorada. Los primeros rayos de sol aparecieron y, por primera vez, todos estábamos listos desde hacÃa rato para olvidarnos cuanto antes de esa noche. Un fugaz desayuno y al jeep. Arrancaba otra jornada de sorpresas entre géiseres, fumarolas, barros volcánicos, vertientes de agua calientes y ricas en azufre, lagunas, volcanes…
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Ya no volverÃamos a pisar el Salar de Uyuni, pero las sorpresas no cesarÃan. Temprano cargamos nuestras mochilas en el vehÃculo y nos dirigimos hacia la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Nos alejamos del salar por pistas apenas marcadas de arena, y a partir de ahÃ, todo fue una enorme polvareda. Las lagunas de colores inverosÃmiles nos aguardaban. Pero habÃa aún algún motivo más para la fascinación. Los todoterrenos que nos precedÃan, haciéndonos ‘morder el polvo’, habÃan detenido su marcha frente a un volcán que expulsaba una mÃnima fumarola blanca.
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 12 horas y el autocar hizo el último quiebro en ese continuado y maltrecho ripio al llegar a Uyuni, allá donde el mismo tiempo se detiene. Aquel pueblo pequeño, desvencijado, pobre y abandonado en medio de esa tierra que se confunde con el cielo, se convierte en obligado punto de partida para adentrarse en el fantasmagórico, misterioso e inolvidable Salar de Uyuni. La agencia Los Olivos, previamente contactada desde La Paz, puso a nuestra disposición a Teodoro, un aventajado chofer, y su anticuado todoterreno en el que pasarÃamos horas y horas en los tres dÃas siguientes. No hay otra forma de viajar con garantÃas por ese infinito manto blanco que con expertos guÃas y en vehÃculos preparados. En pleno desierto, aunque sea de sal, no existen referencias visuales, ni marcas en la ‘calzada’, ni señales de ningún tipo, ni brújulas que se resistan a las cargas magnéticas del litio, sólo tenues roderas de los coches que preceden la expedición y que se diluyen a la caÃda de las primeras lluvias. O sea que la desorientación es total para el no iniciado.Â
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Quizá la altitud, quizá la contaminación o quizá el bullicio y caos excesivo, invitan al visitante a darse un respiro. Y nada mejor para ello que La Luna. El ritmo de la ciudad ha comenzado a bullir antes incluso del amanecer y es el momento de ‘huir’. El micro 231 te lleva desde el universo indÃgena a lo más occidental de La Paz. De Norte a Sur. La avenida Arce, una vez superado el atasco monumental, deja ver casonas de un valor incalculable. No en vano, el mundo diplomático se atrinchera en las embajadas que se suceden una tras otra. La francesa, la española, la estadounidense… y asà hasta alcanzar una vÃa que nos depositarÃa en el Valle de la Luna, a una hora de La Paz.
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Llegó el momento de decir Kamisaki (hola en aimara) al centro ceremonial más importante de Bolivia. Tiwanaku. Se empezó a excavar en 1900 y ciento siete años después tan sólo se ha descubierto el 4% de todo el imperio que allà se asentó desde el año 10.000 antes de Cristo, aunque no floreció hasta el 100 a.C. y se prolongó hasta el 1.300 de la era cristiana. Logró acoger a una población de 60.000 habitantes, distribuidas en unas 21.000 viviendas que ocupaban una superficie de 600.000 kilómetros cuadrados. A partir de ahÃ, las incógnitas que pesan sobre el origen de la cultura tiahuanaca que se expandió a otras zonas del continente no se han despejado aún.
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¡Alto! Una cebra obstaculiza la calzada. Parece cómoda, como en su medio. Y otra, y una más allÃ. Nadie parece inmutarse. La circulación se detiene mientras un burro muy burlón irrumpe en la escena y se carcajea lanzando sarcásticos besos. Los peatones sortean a los animales absortos en sus pensamientos, sin percatarse de sus tenaces gestos a izquierda y a derecha. No hay manera. “Yo cruzo donde no deboâ€. Y eso es lo que ocurre. La medida, impuesta por el Ayuntamiento de la Paz, no da el resultado esperado.  Son cebras de carne y hueso pisando pasos de peatones, o de cebra, como se prefiera.
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HabÃa llegado el momento de conocer la parte brasileña de las Cataratas de Iguazú. Ver con tus propios ojos esa postal tantas veces vista con anterioridad estimulaba la imaginación. Sólo disponÃamos de unas horas antes de que nuestro vuelo saliera para Buenos Aires y habÃa que aprovecharlas al máximo. Tomamos, por tercer dÃa consecutivo, un autobús desde la estación central de Puerto Iguazú. Esta vez con destino a Foz do Iguaçu, la primera ciudad brasileña del ‘otro’ lado.
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A las 8.00 de la mañana ya estábamos en la estación de autobuses de Puerto Iguazú para repetir la experiencia. Los mismos guaranÃes del dÃa anterior esperaban pacientes a que cualquier turista reparara en sus artesanÃas. E impacientes estábamos nosotras para comenzar a deslizarnos por esa parte del Parque Nacional de Iguazú que cobija un santuario natural denominado selva. Muchos elementos se conjugan para crear este ecosistema protegido. Al recorrer los senderos se puede descubrir un mundo desconocido para el ciudadano común. Aviso, no es la selva amazónica, pero guarda su cierto parecido y encierra un ambiente bien conservado.
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La ansiedad por llegar a las cataratas de Iguazú, a esas ‘Aguas grandes’ como las bautizaron los guaranÃes, era ya irresistible. Un autobús urbano nos depositarÃa desde la estación central de Puerto Iguazú a las puertas de ese gran parque temático, de ese mágico Parque Nacional de Iguazú. Y allà estábamos, preparadas para llenarnos de la energÃa que emana de esos manantiales de agua y para contemplar un paisaje único en el mundo. Desbordantes, húmedas e inexplicables.
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No podÃamos irnos de Calafate sin echar una última ojeada a esa impactante mole de hielo que hace desatar la imaginación de cualquiera y dispara los flashes de todos los viajeros. Esta vez en semi transporte ‘público’, deshicimos el camino hacia el Perito Moreno. De nuevo a pasar por caja. Puedes haberlo visto cien veces, pero no deja de sorprender esa mancha blanca que se extiende más allá de donde llega la vista. Tres horas de pasarela en pasarela, tres horas disfrutando de esa imponente vista, ajenas al frÃo polar y al viento gélido que nos ‘regaló’ el dÃa. Los crujidos del hielo eran más tenues que en la anterior ocasión. Los desprendimientos casi imperceptibles.
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TenÃamos que darnos prisa para tomar el autocar que nos llevarÃa al Chaltén, a cuatro horas de distancia (220 kilómetros) por la más pura y virgen estepa patagónica. Por la ruta 40. Dos horas de viaje hasta que en medio de la auténtica nada surge el color rojizo. Era el caracterÃstica hotel La Leona, mezcla de pulperÃa y albergue, donde cuenta la leyenda que Perito Moreno fue atacado por una puma hembra en 1877. Hoy parece detenida en el tiempo. El parador conserva el estilo de su época, con el techo colorado visible desde kilómetros de distancia, puede alojar gente y tiene un bar de paso donde hoy se escuchan todos los idiomas imaginables.
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Y lo vimos. La excursión ‘Todo Glaciares’ es irrepetible, un sin parar de navegar por en medio de amenazantes icebergs que flotan sin rumbo aparente. Punta Bandera es el puerto de partida. Con un tÃmido sol escondiéndose entre unas nubes cada vez más numerosas en el cielo, iniciamos la travesÃa sobre el cómodo y bien dotado Upsala Conection.
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La aventura llegarÃa a la mañana siguiente. Las 7.00 era la hora marcada para iniciar esa experiencia única: ver y sentir de cerca el Perito Moreno, el más famoso de los glaciares de la Patagonia argentina, la verdadera esencia del Parque Nacional de los Glaciares, y vaya esencia. 70 kilómetros nos separaban de esa maravilla natural.
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Hora y media de viaje por las nubes, ‘sorteando’ los Andes, desde Bariloche a Calafate. Segunda vez en mi vida que cruzo los andes argentino-chilenos en mi vida. Y no por repetido, deja de sorprender ver desde la ventanilla del avión esas formas imposibles de montañas cubiertas de nieve perpetua. Apreciar esa grandiosidad es un lujo del que no te quieres despedir nunca. Pero Calafate estaba cerca. El personal que trabaja en el Hostel América del Sur nos ‘abrazó’ y no dejó de hacerlo durante toda nuestra estancia. No hacÃa falta más que pedir por esa boquita y los chicos nos facilitaban todas las opciones. Reservamos con ellos (el precio es idéntico lo organices donde lo organices) la excursión del minitreking por encima del Glaciar Perito Moreno y el tour Todo Glaciares. Ambas excursiones de dÃa completo. El retraso del avión nos impidió aprovechar la tarde, asà que no tuvimos más remedio que dedicarla a pasear por este pueblo ‘inventado’ para el turismo, de calles amplias y tiendas a un lado y otro de su única avenida. Sólo una parada meritoria: el mercado de los artesanos. El hecho de estar muy al Sur, hace que amanezca sobre las 4 de la mañana y anochezca a partir de las once de la noche. Toda una jornada.
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Tras los pasos del Ché. De nuevo sobre el Lago Nahuel Huapi Ãbamos a emprender una de las etapas que el propio Fuser, como le llamaban en esa época a Furibundo Guevara Serna, recorrió en su periplo por la Patagonia de camino a la frontera de Chile. Y cómo a él, fue el Modesta Victoria la embarcación que nos llevó por el brazo Blest, pasando por el islote Centinela, donde descansan los restos del Perito Moreno, y bajo la influencia del imponente Tronador.
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El dÃa nos iba a ofrecer uno de los paseos más bellos del paÃs: El camino de los Siete Lagos, de majestuosos lagos de dimensiones considerables pero escasa profundidad. Y deslumbra. Y lo hace por los sucesivos paisajes que se abren a izquierda y derecha de la carretera. Es primavera y la naturaleza revive y florece como un milagro que ha estado oculto bajo la nieve. El bosque despierta lleno de colores, toda la belleza del paisaje de bosques y lagos está allÃ, esperando, enmarcada en el camino que enlaza Villa La Angostura con San MartÃn de los Andes. 400 kilómetros, la gran mayorÃa de ripio, de ida y vuelta, a caballo entre el Parque Nacional Nahuel Huapi y el de LanÃn.
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En el kilómetro 17 de la ya consabida ruta hacia el Llao Llao se encuentra la entrada de acceso a la aerosilla que traslada al visitante hasta el Cerro Campanario, a 1.050 metros de altitud. Las imágenes son inmejorables. La vista se cruza a cada instante con una postal exclusiva. Es el mejor resumen de una de las más bellas escenas que esconde Bariloche. Ver desde lo alto los lagos Nahuel Huapi y el Perito Moreno, o los otros 15 lagos…, la laguna El Trébol, las penÃnsulas San Pedro y Llao Llao, la isla Victoria, los cerros Otto, López, Goye, Catedral, Capilla y el maravilloso entorno cordillerano de la ciudad de San Carlos de Bariloche… fascina a todo aquel que tiene la oportunidad de estar en este paraÃso. No hay rincón que no sorprenda. Agua y más agua, montañas y más montañas.
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“En estas latitudes todo excita la emoción, unas veces la triste aridez de las planicies, otras el aspecto caótico de las montañas y, con frecuencia, entre las grandiosas escenas de la naturaleza, la majestad de las noches serenas nos conmueve hondamente”. Lo decÃa Ramón Lista 1856-1897, en Barridos por el Viento, y no le faltaba ni un ápice de razón.
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Numerosas son las excursiones que ofertan los operadores turÃsticos, pero realmente son puro relleno en noviembre. Como el avistaje ‘telescópico’ de lobos marinos de un pelo que habitan todo el año en Punta Loma; la playa Doradillo, el mejor lugar para el avistaje costero de las ballenas si hubiese sido de junio a octubre; o Punta Norte, un punto de reunión para esperar pacientemente los varamientos voluntarios de las orcas continentales entre febrero y abril a la caza de los pequeños lobos marinos, coincidiendo con las primeras incursiones al agua de los cachorros.
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La tentación de ver a las toninas overas nos llevó de regreso al mar. De la familia de los delfines, estos mamÃferos tienen el aspecto de pequeñas orcas, pero “vuelan”, saltan y nadan a una velocidad endiablada. Son muy fácil de distinguir: la cabeza, la cola y todas sus aletas son negras; el resto del cuerpo, blanco. Rara vez sobrepasan los 1,5 metros y los 50 kilos, viven en grupos y generalmente se observan de dos a diez toninas. De marzo a mediados de enero se dejan ver en la Patagonia. Una lancha esperaba en Playa Unión, ciudad balnearia a 20 kilómetros de Trelew. Saboreamos la navegación a mar abierto, compartiendo el viaje con algunas colonias de pingüinos, gaviotas y lobos marinos asustados por el ruido de los motores, hasta que emergió la primera tonina overa y su esbelta figura. Fue una sorpresa.
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La entrada a las 360.000 hectáreas de Reserva Natural de la PenÃnsula Valdés es un deleite para los sentidos. Es tan destacable su población faunÃstica que la Unesco declaró a este lugar Patrimonio de la Humanidad. Pero antes habÃa que atravesar toda esa masa de tierra árida, casi totalmente desprovista de vegetación. Ni un árbol, tan sólo matorrales de escasa altura, arbustos achaparrados que no superan el metro de altura, junto con gramÃneas que crecen en matas bajas y compactas, salpican el paisaje ralo y terroso. La planicie es tan árida que a los sentidos se torna infinita, cubierta por un gran manto de cantos rodados y salpicada por enormes mesetas que de tanto en tanto quiebran la aparente monotonÃa del paisaje.
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¿Te gustan las grandes distancias y no le temes al ripio? Entonces tu lugar es la Patagonia argentina. Un simple vistazo por la ventanilla del avión da una idea de la inmensidad de esta zona de la tierra. El recorrido desde el aeropuerto de Trelew a Puerto Madryn, unos 60 kilómetros, sirve para constatar que la palabra infinidad cobra un significado pleno. Es la auténtica dimensión de la estepa de uno de los territorios quizá menos poblados del mundo.
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Oh…. Nuestro destino, la Patagonia, ya estaba más cerca: tan sólo 12 horas de vuelo de Madrid a Buenos Aires. Por segunda vez pisaba suelo bonarene. Por delante tenÃamos muy pocas horas para hacernos una idea de lo que ofrece la ciudad. Néstor, de la agencia Colores de Argentina, con la que habÃamos concertado el viaje desde España, nos esperaba en el Hostel Milhouse, en la calle Hipólito Irigoyen, para facilitarnos todos los bauchers (boletos) y para explicarnos el recorrido.
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Norma, con su hijo David Darwin, serÃa mi anfitriona. Con ella, Irene y yo irÃamos a la zona de Intag, en la provincia de Imbabura, a participar en el proyecto que la Xarxa Consum, desde España, y Talleres del Valle, desde Ecuador, comparten para desarrollar una zona verdaderamente atrasada. Los tres nos dirigimos hacia el aeropuerto para recoger a Irene. Llegó puntual, asà que aún tuvimos tiempo de sobra para enseñarla, aunque fuera de forma rápida, una ciudad que no tiene muchos misterios. Al menos si ya has tenido la oportunidad de visitar con anterioridad otras ciudades coloniales. Era el primer dÃa de clase para los ecuatorianos y el jolgorio del dÃa anterior se tornó en niños uniformados dirigiéndose hacia la escuela, camiones descargando. En fin, el dÃa a dÃa.
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Quito estaba fuera, más allá del barrio residencial La Colón. La ciudad está enclavada en un bello paraje entre gigantescos montes y valles donde el verde intenso llama la atención. El volcán Pichincha, de 2.816 metros y que se abrÃa ante mis ojos, actuó de imán y hacia él dirigà mis pasos. Tomé la avenida Amazonas. Cualquier turista que llegue hasta allà se topará, quiera o no, con esa avenida, plagada de tiendas, de restaurantes, hoteles y puestos callejeros.
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No habÃa duda, ese serÃa mi avión. El vuelo de los emigrantes, el de los viajeros de ida y vuelta. Cientos de ecuatorianos arrastraban a duras penas sus colosales maletas por el aeropuerto de Barajas. Antes, repletas de sueños, temores y esperanzas. La nueva ‘tierra prometida’ les esperaba. Ahora, van cargadas de regalos. Ayer fueron inmigrantes, hoy retornados. Isabel, mi compañera de butaca, es el vivo ejemplo de la desoladora inmigración.
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“EL CALLEJÓN DEL ARTE”. “Y vinieron con cantos que nadie conocÃa / Cruzaron el mar con peces de madera. Trajeron un secreto cubierto de sangre y tierra. / Cantaron, lloraron, plantaron…”
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Pese a todas esas sensaciones contrapuestas extraÃdas del viaje, en ese preciso momento no querÃa regresar a casa. Nunca me hubiera imaginado nada como la India, y mucho menos como Calcuta. Este paÃs te sugiere todo menos indiferencia. Hubiera deseado en multitud de instantes resultar invisible para haber podido detenerme y empaparme de su vida, de sus emociones, de sus sueños.
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Amaneció nuestro último dÃa en la India. Los centros estaban cerrados por tratarse de jueves, por lo que Marivà y yo nos lanzamos a conocer los últimos rincones de Calcuta que aún no habÃamos visitado. Nuestro destino serÃa un templo del Sur de la ciudad o eso intentamos. Tomamos el metro hasta la última parada, un taxi y llegamos a destino, donde nos encontramos con mis compañeras japonesas. No se podÃa acceder con zapatos a su interior (como en la mayorÃa de los templos), tampoco se podÃa hacer fotografÃas. Se trataba de un amplio recinto con un gran edificio en el que cientos de indios hacÃan cola. Lo rodeaban pequeños templitos donde unos hombres depositaban en tus manos agua sagrada del Ganga, polvo de azafrán y en ocasiones dulces, después de hacer sonar una campana. Rechazar estos detalles son sÃmbolo de descortesÃa.
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Era mi último dÃa en los centros. No pensé que me fuera a dar tanta pena despedirme de unos niños que apenas conocÃa, pero asà fue. Esta vez no quise tender la ropa, sino lavarla, porque asà tendrÃa más tiempo para despedirme de todos ellos. Me permitÃan hacer dos fotografÃas. ¡Sólo dos!, pero las normas están para saltárselas, pese a la reprimenda que eso me iba a conllevar. Disfruté como nunca haciéndoles reÃr, pero también limpiando el suelo cada vez que uno de ellos se hacÃa pis (no llevan dodotis ni similar y tienen dos años) o cambiándolos de ropa. Intenté alargar el tiempo de estancia allà todo lo que me fue posible, pero habÃa concluido… Ya no los volverÃa a ver. Para ellos, yo era una más, para mà era diferente.
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Con la ilusión de los dÃas anteriores aún viva, inicié una jornada más en el orfanato. Ahà estarÃan ‘mis’ niños. Mi compañera Bea no habÃa ido esa mañana al centro porque no se encontraba en condiciones. La adaptación a Calcuta es realmente dura y pocos son los que se salvan de que su cuerpo rechace de cualquier forma todas esas imágenes que tanto impactan a cada paso que das en la calle. La miseria con mayúsculas, unido a la contaminación irrespirable, el calor sofocante y el agua caliente rozando tus rodillas, te lo pone difÃcil. Buena parte de la jornada la dediqué a tender la ropa que otras voluntarias iban lavando. Horas y horas de tender esos ‘pingajos’ en las cuerdas o extenderlos sobre el suelo de la terraza. Tuve ocasión de comprobar que las japonesas tienen un ritmo de trabajo y de sacrificio mucho más elevado que cualquiera de los españoles. Se las veÃa encantadas con esa tarea, pese al sol abrasador sobre nuestros cuerpos. Su inglés no era muy bueno. El mÃo tampoco. Pero logramos mantener animadas conversaciones sobre Japón y España.
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Me quedaban muy pocos dÃas en Calcuta y no lo dudé. Me fui directamente a colaborar en el orfanato de niños de 0 a 6 años, y dejé la sección de los handicap. Y allà logré sentirme más útil y más feliz. No tuve la suerte de que hubiera alguna voluntaria de habla hispana, por lo que tuve que conformarme con las explicaciones de una danesa no demasiado entusiasta con la presencia de una nueva persona. Sin apenas instrucciones previas me puse a hacer varias de las camas de los 111 niños y seguà al resto a la parte trasera, donde las ‘masis’ lavaban y lavaban las sábanas, tipo mantel, donde duermen los niños. HabÃa que separar la ropa limpia de la sucia, algo paradójico si se tiene en cuenta que la mayorÃa de los menores no ha cumplido aún los tres años y que no usan pañales. Nuestra tarea serÃa aclarar esas sábanas ásperas y roÃdas, esos pañuelos en forma de pañales, y esas servilletas que no supe nunca cuál era su uso. Nos llevó mucho tiempo esa tarea. Bea, una voluntaria gallega que acababa de llegar a Kolkata, y yo compartimos eso de escurrir las ‘sábanas’, y comprobé cómo los japoneses, en este caso japonesas, tienen un exagerado nivel de compromiso con el trabajo. No paraban.
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Con las pilas cargadas nos dirigimos Marivà y yo hacia el centro –Olga permanecÃa en el hotel porque más tarde buscarÃa un nuevo alojamiento para quedarse los siguientes dos meses-. Esta vez lo hicimos subidas en un rickshaw, el conducido por mi amigo Mohama. Resultaba asà menos violento grabar en video todo ese camino que nos separaba del Sishu Bhavan y que tantas veces habÃamos recorrido. Nuevamente la pena de que los indios con los que más me interesaba iniciar una conversación, conocer sus preocupaciones, su forma de vida y sus miedos, no dominaban en absoluto el inglés. De hecho, no supo contestarme ni siquiera a la pregunta de cuántos hijos tenÃa y dónde residÃa.
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El tren aminoró la marcha cuando se aproximaba a Calcuta, donde morÃan los raÃles. Desgraciadamente los documentales en los que se ven a cientos de personas junto a las vÃas son ciertos. Usan las vÃas del tren como fosa séptica y eso tiene sus consecuencias. El olor es tan ofensivo que incluso mi maltratada nariz suplicaba por un pañuelo perfumado. Es obvio que para los usuarios de las vÃas el paso del tren entra en su rutina diaria, porque todos miran cómo pasa. Si no fuera porque estaba en la India pensarÃa que éste era el sueño más surrealista que jamás haya tenido, porque ver a cientos de hombres con los pantalones bajados mirando hacia mà con una sonrisa puesta en la boca era realmente dantesco.
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Nos quedaban ya sólo horas en Darjeeling y habÃa que llenar nuestros pulmones de aire puro y despedirnos de ese paisaje natural. Asà que agotamos nuestros minutos dando un último paseo por la ciudad. Al dÃa siguiente estarÃamos de nuevo en el infierno. Fuimos con un chófer diferente al que habÃamos contratado el dÃa anterior porque directamente no se presentó. Recogimos en su hotel a Olga y a Alicia y nos encaminamos hacia Siliguri, ciudad de la que salÃan los trenes con destino a cualquier parte de la India. Por delante tenÃamos tres horas de baches continuos, terraplenes peligrosos, conducciones temerarias… O sea más de lo mismo en este paÃs.
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El dÃa comenzó muy temprano. A las cuatro de la mañana ya estábamos a los pies de The Mall, esta vez las cuatro juntas, esperando a nuestro taxista para dirigirnos al Tiger Hill, con la esperanza de ver un amanecer espectacular. Todoterrenos y taxis repletos de turistas partÃan a esa misma hora de Darjeeling, en formación, para recorrer los 12 kilómetros a través de Ghoom y de los bosques que separaban el mirador. Este increÃble mirador a 2.585 metros, que proporciona un panorama sin igual del Himalaya, con las húmedas planicies que limitan con Bangladesh, situadas al Sur; el Everest al Oeste, el Kanchenjunga y Sikkim al Norte, y el Himalaya de Bután al Noroeste.
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Otro dÃa en esa maravilla de la naturaleza. No tardamos en ponernos en pie y dirigirnos a concertar otra excursión con un taxista cualquiera. Nos ahorramos bastante dinero con esa decisión. El primer destino serÃa Bhutia Samtem Choling, un monasterio tibetano a los pies de la carretera principal que une Ghoom con Darjeeling. El pequeño monje Thupten fue el encargado de mostrarnos ese gompa pequeño pero vistoso que se veÃa desde la carretera. Nos explicó que es costumbre que uno de los niños más jóvenes de una familia budista entre en un monasterio, a partir de los diez años, para unirse al sacerdocio budista. Eso es lo que hicieron los aproximadamente cuarenta niños o adolescentes que vivÃan y rezaban en el recinto. Tuvimos ocasión de charlar con varios de esos pequeños monjes mientras barrÃan, limpiaban el ‘altar’ donde reposaba un buda de dimensiones considerables o simplemente jugaban como cualquier niño de su edad.
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Unos cubetazos de agua hirviendo -la primera vez desde hace dÃas que tenÃamos y disfrutábamos de agua caliente- nos permitió entrar en calor después de una noche muy húmeda. A las nueve de la mañana coincidimos con Olga y Alicia desayunando en un restaurante muy occidental. Pastelitos deliciosos y mejores vistas. Como parecÃa que estábamos predestinadas a no ponernos de acuerdo, Marivà y yo nos fuimos a la oficina de turismo para hacer nuestra primera excursión. Demasiados dÃas malos en Calcuta como para desaprovecharlos.
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Y asà fue. A las cuatro pasadas descendimos del tren y descubrimos que nos habÃamos salido de la India. No era cierto, pero lo parecÃa. La estación, aunque repleta de personas durmiendo en los andenes, daba otra sensación. La mayorÃa eran viajeros que agotaban sus últimos sueños antes de que llegara su tren. Antes de salir de la estación un chico nos ofreció un todoterreno para llevarnos a Darjeeling. Estábamos en Siliguri, a tres horas en coche de Darjeeling o a siete en el tren de juguete. Medio dormidas, depositamos nuestras mochilas en la parte trasera del vehÃculo. Por 16 euros en total nos llevaron a nuestro destino. Compartimos los primeros kilómetros con varios indios que se bajaban en ningún lugar aparente. Hablaban entre ellos en hindi, muy rápido, muy alto, a golpes, como si estuvieran enfadados. Es su forma de hacerlo.
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Atrás Ãbamos a dejar Calcuta y eso me ilusionaba. Nunca pensé que lo realmente duro de mi experiencia este año serÃa la ciudad y no la labor de voluntariado. Tuve por primera vez el impulso de salir corriendo de vuelta a España y olvidarme de tanta miseria humana, porque ser testigo visual de esas desgracias dan ganas de huir. Las fuerzas flaqueaban. Fueron cuatro dÃas muy duros emocionalmente, dÃas en los que tuve que combatir con fuerza mis deseos de abandonarlo todo. Pero lo que me ocurrió a mà no es nada extraño. Fueron muchos los voluntarios que experimentaron las mismas sensaciones e incluso muchos los que no consiguieron sobreponerse y asimilar tanta pobreza extrema.
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Ya sólo estábamos cuatro y las cuatro nos dirigimos hacia la Mother House donde habÃamos quedado con otros voluntarios para asistir a la inauguración de ‘Un ladrillo en Calcuta’, un proyecto impulsado por un grupo de españoles que consistÃa en la construcción de un hogar para niños de la calle. Estaba lejos y tuvimos que lidiar una vez más con la congestión de un tráfico irrespirable. Lo pasé mal. Ahora sé perfectamente lo que es la contaminación exagerada y la dificultad para respirar. No pude disfrutar del acto inaugural porque la fiebre iba subiendo y lo único que querÃa era dormir. Marivà yo decidimos en aquel mismo lugar que tenÃamos que huir de Calcuta. Nuestro destino serÃa Darjeeling, y Alicia se sumó a nosotras. El regreso al hotel fue una auténtica pesadilla. Me encontraba tan mal que me pasé todo el viaje durmiendo, ajena al humo, a los pitidos y a los constantes acelerones y frenazos.
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Otro dÃa más en la agobiante, asfixiante, desquiciante Calcuta. Pero esta vez, con sorpresa: la ciudad era un pantano. El agua del monzón cubrÃa las calles y era imposible andar por ellas sin mojarse hasta las rodillas. Entendà en ese preciso momento lo que se siente cuando en el telediario muestran una ciudad totalmente inundada.
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Otro dÃa más en la agobiante, asfixiante, desquiciante Calcuta. Pero esta vez, con sorpresa: la ciudad era un pantano. El agua del monzón cubrÃa las calles y era imposible andar por ellas sin mojarse hasta las rodillas. Entendà en ese preciso momento lo que se siente cuando en el telediario muestran una ciudad totalmente inundada.
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Las historias de Calcuta estaban ahÃ, sólo hacÃa falta salir a la calle, dispuesto a percibir esas pinceladas de horror de una ciudad sinónimo de caos urbano y desesperación. El primer objetivo del dÃa: encontrar ese hotel. Volvimos al Salvation, al MarÃa, entramos en el Parangón, el Modern Logde, el Astoria, y en otros muchos que ahora no recuerdo. No habÃa forma, cada habitación era peor que la anterior. Unos camastros con colchonetas literalmente mugrientas, grasientas y negras, que serÃan la delicia de cualquier chinche o ácaro, competÃan en suciedad con las paredes y los servicios. Pero habÃa que decidirse. Al final, nuestro ‘hogar’ serÃa el Modern Logde, situado en la encrucijada de dos calles –la de las ratas y la del urinario público-. Acogedor, ¿verdad? La única ventaja: su precio (1,5 euros por noche y cama).
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El primer recorrido por Calcuta me llevó a error. Para llegar al centro de la macrourbe, el tráfico se ve obligado a atravesar el puente Howrah sobre el rÃo Hooghly (Ganga en hindi), la puerta al verdadero caos ciudadano. Pensé que era la ciudad más cosmopolita de la India hasta ahora recorrida, con edificios de tres plantas, avenidas amplias y aceras algo más definidas, y creà que la adaptación serÃa más fácil que en cualquier otro punto. Pero… ya digo, fue una impresión errónea.
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El tren debÃa salir a las 16.30 horas y llegamos con una hora de adelanto. La fiesta de la que nos habÃan hablado trajo como consecuencia la aglomeración de mujeres, cientos de ellas, sentadas en cualquier rincón de la estación. Tanto, que habÃa que andar listo para no pisar a ninguna de ellas, aunque a veces eso se tornó imposible. Buscamos un ángulo para depositar nuestras mochilas y para esperar a que el tren llegara. Pero eso no ocurrió hasta seis horas después. El tren llevaba cinco horas de retraso y habÃa que pasar el rato en aquel lúgubre espacio. Adquirimos la cena: patatas fritas, plátanos, galletas y agua, mucho agua, para mitigar el calor sofocante que dificultaba incluso mantener el bolÃgrafo entre las manos.
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Marivà y yo no querÃamos sucumbir al cansancio y sà impregnarnos de los sentimientos que suscita la vida alrededor de los ghats. A las 7 de la mañana ya estábamos en pie preparadas para sortear los cientos de baches que dibujan el asfalto. Y cuando pensábamos que Ãbamos a adentrarnos solas en el barrio, nos encontramos con Sambhu, dispuesto a invitarnos a desayunar en uno de esos ‘bares’ renegridos tan frecuentes en la India. Té y pastitas como tentempié antes de iniciar, junto al guÃa improvisado, nuestro descenso por las escalinatas de piedra entre la muchedumbre.
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Las cinco de la mañana era la hora pactada para comenzar el dÃa. Subash con su taxi blanco aguardaba en recepción. El amanecer nos esperaba. Y vaya amanecer. Repetimos los mismos pasos que el dÃa anterior y descendimos, esta vez con más detenimiento, hacia el ghat principal (Desaswamedh). No llovÃa y eso hizo que las escalinatas estuvieran repletas, muy repletas, de personas de todo tipo. Con la ya conocida bandejita de flores en la mano, nos acomodamos en la misma barca que el dÃa anterior y comprobamos que el rÃo estaba aún más sucio, más marrón, más turbio… de lo que nos pareció por la noche. Y además llevaba más corriente, lo que dificultaba el circular de las barcas henchidas de turistas. Los barqueros se ayudaban de las barcas inmóviles para avanzar más rápido.
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A las 10 en punto Subash estaba esperándonos en la recepción con el encargo de llevarnos hasta su agencia de viajes, Holiday Travel Tips, una de las tantas abiertas en Varanasi, en Banaras o Benarés, como prefieras denominar a esta ciudad mÃstica. Fue Nandu Mishra el encargado de ofrecernos excursiones por la ciudad. Aunque nuestro deseo era acercarnos cuanto antes a los famosos ghats, las escalinatas de piedra que se pierden en el Ganga, lo cierto es que sucumbimos a sus sugerencias y aceptamos ir a Sarnath en primer lugar. A 10 kilómetros al Norte de Varanasi, es el lugar de peregrinación por excelencia de los budistas. Fue allÃ, en un bosquecito y en el siglo VI a. C., donde Buda pronunció su primer sermón y puso en movimiento la ‘rueda que gira’.
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Las 9.30 era la hora pactada para salir hacia el Taj Mahal y los cinco estábamos impacientes por atravesar los muros que circundan esa perla blanca. HabÃa que comprobar con nuestros propios ojos por qué es el edificio más famoso de la India y, sobre todo, por qué ese mausoleo inmortaliza para el mundo entero la imagen del amor eterno. Un cuidado y ajardinado camino precede a la puerta del recinto. Tras abonar la entrada (tan sólo 14 euros), las mujeres acceden por una puerta; los hombres por la otra. ¿La razón? Es requisito imprescindible pasar un estricto control de seguridad y dejar allà cualquier objeto, encendedores y bolÃgrafos incluidos, que pueda poner en peligro la seguridad del emblema de la India.
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Recogimos las mochilas del hotel y nos dirigimos a la estación de trenes. Eran las cinco de la tarde y el tren hacia Varanasi (Benarés) no salÃa hasta las 20.15, sin embargo la estación distaba 40 kilómetros. Ibamos a vivir nuestra primera experiencia con los trenes y, sobre todo, con sus estaciones. El conductor que nos habÃa trasladado todos estos dÃas nos despidió en el mismo andén y nos dejó ‘en manos’ de dos chicos que no hablaban inglés para que nos informaran de por qué vÃa llegarÃa el tren.
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Y, como no hay nada mejor para despertarse que un baño, me levante a las siete de la mañana para disfrutar del que creÃa serÃa mi último chapuzón en una piscina, y del desayuno. Nos esperaba un nuevo viaje por carretera de unas seis horas. Esta vez en dirección a Agra. Los ‘maleteros’ depositaron, sin que nos dejaran ayudarles, nuestras mochilas en el techo del todoterreno, y emprendimos el viaje sobre las nueve de la mañana después de despedirnos de los recepcionistas.
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Un reparador baño en la piscina del hotel me aguardaba. Eran las siete de la mañana y, pese al sueño, disfruté y mucho. Lo mismo que del desayuno en uno de los comedores decorados al estilo moghul. A las 9.30 horas ya nos esperaba nuestro conductor para llevarnos al Fuerte de Amber. El especial colorido que brindan a la ciudad los edificios de piedra rosa, no empañan el de los saris rosas, pero también naranjas, amarillos, rojos, azules turquesas, de sus lindas mujeres.
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Como ciudad de paso que es, Delhi ofrece un sin fin de agencias donde hacer los preparativos para continuar el viaje, reservas de ferrocarril y de alojamiento, alquiler de coches… Y asà lo hicimos. Por 135 euros logramos un paquete que incluÃa cinco noches de hotel –dos en Jaipur, una en Agra y dos en Varanasi-, un chófer a nuestra disposición y el tren de Agra a Varanasi. Nos pareció una ganga.
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Te despiertas en Delhi por la mañana y sientes que no puedes enfrentarte a todo aquello. Todo es un auténtico impacto, pero también un hechizo. El ruido de los cascos de animales, el caos, la gente que se te viene encima, las vacas, cerdos, cabras…, que se cruzan en tu camino. Delhi es la primera toma de contacto del turista con la compleja realidad de una gran ciudad del subcontinente indio. A veces resulta traumático. El tráfico congestionado y caótico, la persistente insistencia de los vendedores callejeros de toda clase de servicios (taxis, rickshaw, cambio de moneda, visitas organizadas, comerciantes), es el peaje que hay que pagar, una especie de ‘iniciación’ para adentrarse en este paÃs. La primera impresión desconcierta. Acostumbrada a cascos históricos y zonas peatonales de fácil acceso, Delhi nada tiene que ver. Una ciudad con cerca de 10 millones de habitantes, no demasiado apasionante, pero que habÃa que descubrir.
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Tras dos horas de viaje de Madrid a Londres con la British Airways y otras ocho de Londres a Delhi, con ‘nepalÃ’ hispana incluida, llegamos –Pedro, Alicia, Olga, Marivà y yo- al aeropuerto de Delhi. SerÃan las 23.00 horas, sorprendentemente sólo tres horas y media más que en España, y en el aeropuerto parecÃa hora punta. Bueno realmente como todas las horas que transcurren en La India.
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Viajar en avión es demasiado rápido. En un chasquido de dedos estás allÃ. Tan pronto en Madrid, tan pronto en Delhi. Tan pronto en el ‘primer mundo’, tan pronto en un mundo totalmente desconocido e impactante. Jamás habrÃa imaginado nada igual. Puedes haber leÃdo seis guÃas y diez libros, haber visto varias veces el Ghandi de Attenborough, haberte recreado con La Ciudad de la AlegrÃa, o haber escuchado con atención las historias de viajeros anteriores, pero el choque es de órdago, brutal, y coge desarmado al más realista, al más soñador, a cualquiera que no haya pisado nunca antes la India.
Cuántas preguntas, hasta que te das cuenta de que las respuestas dependen exclusivamente de lo que cada uno busque. Los estereotipos que a lo largo de tu vida te has ido confeccionando de La India se agolpan en tu mente y es necesario ordenar la gran cantidad de imágenes que viajan de forma incesante de un lado al otro de tu mente. Pero ¿cómo adaptarme al cambio que supone la fantasÃa de la realidad? Ante mà se abrÃa un mes para descubrirlo y, ¿por qué ponerse lÃmites?
Bienvenido a La India. A La India de los seis sentidos. La misma que se huele, se mira, se saborea, se oye, se palpa y, sobre todo, se siente. Y ¿se entiende? 28 dÃas en ese fascinante paÃs dan una respuesta somera de lo que es este lugar y sus habitantes. Si te dejas clichés en casa, soportas el pasmo y desconcierto de los primeros dÃas, los rechazos que provocan determinadas imágenes y te dejas embelesar por todo lo que ofrece este subcontinente, ajeno a la multitud, la contaminación sofocante, la lucha desigual de la limpieza urbana contra la suciedad indescriptible y el ruido ensordecedor, te llevas a casa el susurro de una filosofÃa de vida.
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Juntas. Las tres nos fuimos primero a la Ciudadela a realizar nuestras últimas y definitivas compras y a pasear por el Zócalo para despedirnos de la ciudad y de nosotras. Olga era la primera en viajar a Madrid. Lo hacÃa a las 8 de la tarde, por lo que nos despedimos de ella a las 17 horas. Marivà y yo, tristes por su marcha, nos quedamos un poco apagadas, pero pronto volvimos a disfrutar de las calles de DF y de la vida de sus gentes. En el Zócalo hablamos con un hombre, con apariencia de indigente, con mucho que contar sobre la situación actual de su paÃs. Nos dirigimos a la Limeddh y desde allÃ, con Mar, nos fuimos a un bar, relativamente cerca de la casa de Adrián, donde actuaba un hombre que decÃa haber ganado el festival de la OTI del año 1985 que se celebró en Sevilla. Tras su actuación, cerraron el bar y montamos la fiesta dentro, junto a los artistas y sus amigos. Una buena y divertida borrachera y botellón para despedirnos. ¡HabÃa alguna forma mejor de despedirme de este viaje del que no tengo palabras con que resumirlo!
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De Acapulco nos fuimos temprano. Nuestro destino era Taxco, el paraÃso de la plata, y querÃamos llegar cuanto antes. Un viaje en un buen autocar y por autopista. Todo un lujo de sólo cuatro horas de duración. Llegamos a la parte baja de Taxco. Un taxi nos depositarÃa junto al Zócalo en un bello hotel, Agua Escondida, que bien merecÃa un recorrido por su laberÃntico interior. Tan laberinto era que buscar la salida se convirtió en una odisea. La habitación muy modesta, pero las vistas inmejorables. Marivà se dejó olvidada una bolsa en el autocar y cuando regresamos a la estación allà continuaba. Otra vez, igualito que en España.
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Salimos escopetadas hacia la terminal de autobuses. No tenÃamos ningún interés en seguir mucho más tiempo en Pinotepa. La información que nos habÃan dado el dÃa anterior no correspondÃa con la de ahora y tuvimos que tomar un autocar hasta Acapulco en clase inferior. La gracia es que el autocar de lujo costaba 108 pesos y el barato 100. Tuvimos que coger el barato porque los horarios nos convenÃan más. El viaje duró una eternidad, casi siete horas o asÃ. Llegamos a Acapulco un poco desquiciadas. Sólo querÃamos una habitación en la que descansar y pasar el dÃa.
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La aventura de ese dÃa parte en un tren cremallera que nos alejarÃa de Cuzco y nos llevarÃa a un recorrido por el valle Urubamba de unas tres horas de duración justo al lado del rÃo sagrado Urubamba. La lÃnea parte de Cuzco describiendo unos cuantos zig-zag debido a que las laderas de la ciudad (el ombligo del mundo como se la conoció) son muy pendientes. La ciudad se encuentra a 3.300 metros y hay que ascender otros 300 metros para salir de ella. Vamos a tan poca velocidad que los niños tienen tiempo de subir y bajar y recorrer los vagones.
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