Cuántos países existen? La respuesta es 198, sin embargo hay tantos como viajeros inician su recorrido. Puedes recorrer el Perú colonial, el inca, el de ruinas misteriosas, el de lagos interminables o el de líneas inexplicables, pero hay más. Quizás elijas el México turístico de pirámides mayas o aztecas, el de las playas paradisiacas de Cancún o de Oaxaca, pero hay más. Tienes la opción de cruzar el ‘charco’ y adentrarte, a ritmo de salsa y con olor a puro y ron, en la ‘Habana mía’ . Más abajo se abre Ecuador. Pese a ser el país más pequeño de Sudamérica no por ello contiene menos atractivos. Costa, sierra y selva. ¿Se puede pedir más? Si lo que te gustan son las grandes distancias y no le temes al ripio, tu lugar es la Patagonia Argentina. Aquella que reúne tantos paraísos naturales como puedas imaginar. A pocos kilómetros se esconde Chile, pero también esa Bolivia que enamora. Aquí te invito a que descubras el otro lado, el olvidado, el obviado por los gobernantes, el amenazado, el perseguido… En definitiva, el que duele. Ir a Latinoamérica es enamorarse de ella, pero, sobre todo, de sus habitantes. Y si te parece poco, ahí tienes una muestra de la Magia India. Si compartes conmigo la pasión por viajar y por descubrir qué se esconde tras esas miradas del sur, no lo dudes, acompañame en un viaje por el corazón de Iberoamérica.
Por Mar Peláez
En busca de nuestro propio Che. Eso sí, para encontrarlo había que librar los trescientos kilómetros que separan Santa Cruz de la Sierra de Vallegrande. Cubrirlos lleva entre cinco y siete horas y, durante todo ese tiempo, hay que estar preparado para ‘dejarse los riñones’ en el asiento trasero del autobús gastado y achacoso. La ruta cambia de asfalto a ripio a cada instante y el trazado se vuelve sinuoso. El laberinto de caminos estrechos se abre al precipicio, a izquierda y a derecha. A ambos lados se ven las sierras secas y el imponente sistema montañoso, con quebradas de grandes rocas colgando como balcones y un aire espeso producto de la mezcla de humo y polvo. Demasiada sequía que se filtra en el interior de los vehículos, demasiado polvo rojizo. Sí, esa nube que vuelve a cubrir la calzada por la mala práctica de terratenientes y campesinos de ganar espacio al monte. Son las mismas tierras que abrigaron la marcha del Che y de sus compañeros de guerrilla hace ahora 40 años. ¿Por qué eligió una zona tan hostil? Entonces estaban infestadas de soldados bolivianos entrenados por Estados Unidos y comandados por Gary Prado. Hoy parece como que el tiempo se haya detenido.
“Coca sí, cocaína no”; un conflicto de mil caras en el Chapare boliviano. Unos piensan que “la lucha contra la coca no es más que un pretexto de Estados Unidos para controlar Latinoamérica geopolíticamente, otros creen en cambio que es la única solución para que los “viciosos americanos y europeos” dejen de consumir un alcaloide por el que pagan cientos y cientos de dólares o euros. “Los gringos violaron la coca. Hasta su llegada, tan sólo era una hoja bendita. Nosotros no sabíamos cómo hacer la cocaína”, apunta Santiago, nombre ficticio de un hombre que prefiere ocultar su identidad por temor aún a represalias.
Teníamos sed de selva y cuando apenas el sol había hecho acto de aparición bajamos a la carretera para tomar un taxi compartido hasta El Castillo, a unos dos kilómetros de Villa Tunari, donde se desvía la carretera hacia el interior del Chapare. Un nuevo control antinarcotráfico, de esos que están para disuadir, pero que no vigilan nada, nos retuvo unos instantes. “¿Qué llevan en esa bolsa?”. “Relojes”. Esa respuesta de uno de los viajeros de la furgoneta no hizo ni siquiera que el policía se inmutara. Simplemente ordenó que prosiguiéramos. ¿Es así como controlan que no salga del Chapare ni un gramo de coca? Controles de cara a la galería. La falsa doble moral.
Huimos de Cochabamba hacia la puerta de entrada a la gran llanura amazónica. Villa Tunari es sinónimo de exuberante vegetación, de bosques primarios, de fauna autóctona, de temperatura tropical, de plantaciones de coca, de deportes de aventura, de gastronomía propia… Con esas expectativas nos dirigimos a la avenida Oquendo con 9 de abril para tomar un taxi colectivo que, por 25 bolivianos cada una, nos trasladó los 166 kilómetros que nos separaban de la principal villa del Chapare boliviano.
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Y poco puedo contar de Cochabamba. Quizá por nuestro cansancio o quizá porque se nos abrió como una ciudad que no quiere ser conocida, pero lo cierto es que no tuvimos mucho interés en conocer el lugar de la ‘eterna primavera’. Una gran estatua, a semejanza del Cristo de Sao Paulo, da la bienvenida, desde las alturas, al visitante. Abajo, la Plaza de Armas 14 de septiembre aglutina toda la vida de la ciudad. Rodeada de palmeras y árboles de alegres colores.
Sucre es bella en sí misma, aunque después de recorrer numerosas ciudades típicamente coloniales ha perdido mi interés. Es de estas ciudades que miro, pero no veo. Por eso en día y medio resulta perfecto para hacerse una idea de la ciudad y proseguir camino. A medida que nos despegamos de los Andes nos alejamos de comentarios favorables a Evo Morales. Y de qué manera. Por primera vez, alguien nos habla abiertamente en contra del primer presidente indígena de Bolivia. Los carteles que se descuelgan por los balcones denotan que Evo no es bien recibido en la ciudad. No quiere entrar a debatir sobre la capitalidad del país, y los sucreños no se lo perdonan.
Dos horas y media después de haber abandonado Potosí, nos encontramos en Sucre. El blanco de sus fachadas es la primera imagen que entra por la retina. No es Andalucía, es Sucre. Atrás habíamos dejado el color ocre, y nos adentrábamos en un mundo blanco. Primero, como de costumbre, a patearnos la ciudad en busca de un alojamiento. Fue laborioso encontrar un hostal mínimamente acogedor. La Policía de Turismo no siempre resulta la opción más eficaz. Al final, elegimos el Hostal Veracruz, en la bulliciosa calle Ravelo, porque, al menos, su ducha desprendía agua caliente.
‘Riqueza, abundancia y amor’. Todo esto simboliza el rostro burlesco del Mascarón que hoy identifica a la Casa de la Moneda de Potosí. Tal fue la riqueza que atesoró esta ciudad en tiempos de la colonia, que Potosí albergó la Casa de la Moneda más importante de la época. De ella se lanzó al mundo reales a lo largo de años y años.
‘Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro; soy el rey de los montes, envidia soy de los reyes’. Pero ¿quién soy? Quien habla es el Cerro Rico, el verdadero emblema de Potosí, como bien reza su escudo, y la razón de la existencia de este enclave ubicado en las faldas de la Cordillera Oriental de Los Andes, a 4.070 metros sobre el nivel del mar. El esplendor que llegó a alcanzar la ciudad potosina fue tan grande que la frase ‘vales un potosí’ se explica con sólo recordar las riquezas que atesoraba. Ya Miguel de Cervantes, en ‘El Quijote’, se hizo eco del Cerro Rico de Potosí porque se decía que contenía la cantidad de plata suficiente como para construir un puente entre América y Europa.
Adiós Uyuni. Hola Potosí. Las compañías de autobuses aguardaban en la calle de Uyuni que hace las veces de estación mientras sus trabajadores se afanaban por atraer a los últimos pasajeros. Como un ritual. ¡Potosí… Sucre… la Paz… Oruro…! De cualquier pequeño negocio salían voces con esa retahíla de nombres. Y todas con el mismo reclamo: Super Lujo, Seguridad, Confort, Elegancia. Pero, ¿cuándo fueron de super lujo, seguros, confortables y elegantes esos vehículos? Baratos sí lo son, tres euros fue su coste. Los responsables de los puestos callejeros se afanaban por ofrecer a los pasajeros todo tipo de artículos comestibles. El primer tarabuco que ví (una de las 36 etnias que conviven en Bolivia) vendía artesanía con su peculiar indumentaria, y al otro lado un heladero con un carrito de lo más decorado intentaba convencernos de lo sabroso de sus helados. La espera se prolongaba, pero realmente era un placer disfrutar del despertar del pueblo. Con las mochilas en la parte superior del autocar, junto a bultos imposibles de levantar, cargamentos de patatas, de frutas variadas y sacos de semillas, el autocar al fin arrancó.
Camino de Chile. El amanecer llenó de luz la Laguna Colorada. Los primeros rayos de sol aparecieron y, por primera vez, todos estábamos listos desde hacía rato para olvidarnos cuanto antes de esa noche. Un fugaz desayuno y al jeep. Arrancaba otra jornada de sorpresas entre géiseres, fumarolas, barros volcánicos, vertientes de agua calientes y ricas en azufre, lagunas, volcanes…
Ya no volveríamos a pisar el Salar de Uyuni, pero las sorpresas no cesarían. Temprano cargamos nuestras mochilas en el vehículo y nos dirigimos hacia la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Nos alejamos del salar por pistas apenas marcadas de arena, y a partir de ahí, todo fue una enorme polvareda. Las lagunas de colores inverosímiles nos aguardaban. Pero había aún algún motivo más para la fascinación. Los todoterrenos que nos precedían, haciéndonos ‘morder el polvo’, habían detenido su marcha frente a un volcán que expulsaba una mínima fumarola blanca.
12 horas y el autocar hizo el último quiebro en ese continuado y maltrecho ripio al llegar a Uyuni, allá donde el mismo tiempo se detiene. Aquel pueblo pequeño, desvencijado, pobre y abandonado en medio de esa tierra que se confunde con el cielo, se convierte en obligado punto de partida para adentrarse en el fantasmagórico, misterioso e inolvidable Salar de Uyuni. La agencia Los Olivos, previamente contactada desde La Paz, puso a nuestra disposición a Teodoro, un aventajado chofer, y su anticuado todoterreno en el que pasaríamos horas y horas en los tres días siguientes. No hay otra forma de viajar con garantías por ese infinito manto blanco que con expertos guías y en vehículos preparados. En pleno desierto, aunque sea de sal, no existen referencias visuales, ni marcas en la ‘calzada’, ni señales de ningún tipo, ni brújulas que se resistan a las cargas magnéticas del litio, sólo tenues roderas de los coches que preceden la expedición y que se diluyen a la caída de las primeras lluvias. O sea que la desorientación es total para el no iniciado.
Quizá la altitud, quizá la contaminación o quizá el bullicio y caos excesivo, invitan al visitante a darse un respiro. Y nada mejor para ello que La Luna. El ritmo de la ciudad ha comenzado a bullir antes incluso del amanecer y es el momento de ‘huir’. El micro 231 te lleva desde el universo indígena a lo más occidental de La Paz. De Norte a Sur. La avenida Arce, una vez superado el atasco monumental, deja ver casonas de un valor incalculable. No en vano, el mundo diplomático se atrinchera en las embajadas que se suceden una tras otra. La francesa, la española, la estadounidense… y así hasta alcanzar una vía que nos depositaría en el Valle de la Luna, a una hora de La Paz.
Llegó el momento de decir Kamisaki (hola en aimara) al centro ceremonial más importante de Bolivia. Tiwanaku. Se empezó a excavar en 1900 y ciento siete años después tan sólo se ha descubierto el 4% de todo el imperio que allí se asentó desde el año 10.000 antes de Cristo, aunque no floreció hasta el 100 a.C. y se prolongó hasta el 1.300 de la era cristiana. Logró acoger a una población de 60.000 habitantes, distribuidas en unas 21.000 viviendas que ocupaban una superficie de 600.000 kilómetros cuadrados. A partir de ahí, las incógnitas que pesan sobre el origen de la cultura tiahuanaca que se expandió a otras zonas del continente no se han despejado aún.
¡Alto! Una cebra obstaculiza la calzada. Parece cómoda, como en su medio. Y otra, y una más allí. Nadie parece inmutarse. La circulación se detiene mientras un burro muy burlón irrumpe en la escena y se carcajea lanzando sarcásticos besos. Los peatones sortean a los animales absortos en sus pensamientos, sin percatarse de sus tenaces gestos a izquierda y a derecha. No hay manera. “Yo cruzo donde no debo”. Y eso es lo que ocurre. La medida, impuesta por el Ayuntamiento de la Paz, no da el resultado esperado. Son cebras de carne y hueso pisando pasos de peatones, o de cebra, como se prefiera.
Había llegado el momento de conocer la parte brasileña de las Cataratas de Iguazú. Ver con tus propios ojos esa postal tantas veces vista con anterioridad estimulaba la imaginación. Sólo disponíamos de unas horas antes de que nuestro vuelo saliera para Buenos Aires y había que aprovecharlas al máximo. Tomamos, por tercer día consecutivo, un autobús desde la estación central de Puerto Iguazú. Esta vez con destino a Foz do Iguaçu, la primera ciudad brasileña del ‘otro’ lado.
A las 8.00 de la mañana ya estábamos en la estación de autobuses de Puerto Iguazú para repetir la experiencia. Los mismos guaraníes del día anterior esperaban pacientes a que cualquier turista reparara en sus artesanías. E impacientes estábamos nosotras para comenzar a deslizarnos por esa parte del Parque Nacional de Iguazú que cobija un santuario natural denominado selva. Muchos elementos se conjugan para crear este ecosistema protegido. Al recorrer los senderos se puede descubrir un mundo desconocido para el ciudadano común. Aviso, no es la selva amazónica, pero guarda su cierto parecido y encierra un ambiente bien conservado.
La ansiedad por llegar a las cataratas de Iguazú, a esas ‘Aguas grandes’ como las bautizaron los guaraníes, era ya irresistible. Un autobús urbano nos depositaría desde la estación central de Puerto Iguazú a las puertas de ese gran parque temático, de ese mágico Parque Nacional de Iguazú. Y allí estábamos, preparadas para llenarnos de la energía que emana de esos manantiales de agua y para contemplar un paisaje único en el mundo. Desbordantes, húmedas e inexplicables.
No podíamos irnos de Calafate sin echar una última ojeada a esa impactante mole de hielo que hace desatar la imaginación de cualquiera y dispara los flashes de todos los viajeros. Esta vez en semi transporte ‘público’, deshicimos el camino hacia el Perito Moreno. De nuevo a pasar por caja. Puedes haberlo visto cien veces, pero no deja de sorprender esa mancha blanca que se extiende más allá de donde llega la vista. Tres horas de pasarela en pasarela, tres horas disfrutando de esa imponente vista, ajenas al frío polar y al viento gélido que nos ‘regaló’ el día. Los crujidos del hielo eran más tenues que en la anterior ocasión. Los desprendimientos casi imperceptibles.
Teníamos que darnos prisa para tomar el autocar que nos llevaría al Chaltén, a cuatro horas de distancia (220 kilómetros) por la más pura y virgen estepa patagónica. Por la ruta 40. Dos horas de viaje hasta que en medio de la auténtica nada surge el color rojizo. Era el característica hotel La Leona, mezcla de pulpería y albergue, donde cuenta la leyenda que Perito Moreno fue atacado por una puma hembra en 1877. Hoy parece detenida en el tiempo. El parador conserva el estilo de su época, con el techo colorado visible desde kilómetros de distancia, puede alojar gente y tiene un bar de paso donde hoy se escuchan todos los idiomas imaginables.

Y lo vimos. La excursión ‘Todo Glaciares’ es irrepetible, un sin parar de navegar por en medio de amenazantes icebergs que flotan sin rumbo aparente. Punta Bandera es el puerto de partida. Con un tímido sol escondiéndose entre unas nubes cada vez más numerosas en el cielo, iniciamos la travesía sobre el cómodo y bien dotado Upsala Conection.
La aventura llegaría a la mañana siguiente. Las 7.00 era la hora marcada para iniciar esa experiencia única: ver y sentir de cerca el Perito Moreno, el más famoso de los glaciares de la Patagonia argentina, la verdadera esencia del Parque Nacional de los Glaciares, y vaya esencia. 70 kilómetros nos separaban de esa maravilla natural.
Hora y media de viaje por las nubes, ‘sorteando’ los Andes, desde Bariloche a Calafate. Segunda vez en mi vida que cruzo los andes argentino-chilenos en mi vida. Y no por repetido, deja de sorprender ver desde la ventanilla del avión esas formas imposibles de montañas cubiertas de nieve perpetua. Apreciar esa grandiosidad es un lujo del que no te quieres despedir nunca. Pero Calafate estaba cerca. El personal que trabaja en el Hostel América del Sur nos ‘abrazó’ y no dejó de hacerlo durante toda nuestra estancia. No hacía falta más que pedir por esa boquita y los chicos nos facilitaban todas las opciones. Reservamos con ellos (el precio es idéntico lo organices donde lo organices) la excursión del minitreking por encima del Glaciar Perito Moreno y el tour Todo Glaciares. Ambas excursiones de día completo. El retraso del avión nos impidió aprovechar la tarde, así que no tuvimos más remedio que dedicarla a pasear por este pueblo ‘inventado’ para el turismo, de calles amplias y tiendas a un lado y otro de su única avenida. Sólo una parada meritoria: el mercado de los artesanos. El hecho de estar muy al Sur, hace que amanezca sobre las 4 de la mañana y anochezca a partir de las once de la noche. Toda una jornada.
Tras los pasos del Ché. De nuevo sobre el Lago Nahuel Huapi íbamos a emprender una de las etapas que el propio Fuser, como le llamaban en esa época a Furibundo Guevara Serna, recorrió en su periplo por la Patagonia de camino a la frontera de Chile. Y cómo a él, fue el Modesta Victoria la embarcación que nos llevó por el brazo Blest, pasando por el islote Centinela, donde descansan los restos del Perito Moreno, y bajo la influencia del imponente Tronador.
El día nos iba a ofrecer uno de los paseos más bellos del país: El camino de los Siete Lagos, de majestuosos lagos de dimensiones considerables pero escasa profundidad. Y deslumbra. Y lo hace por los sucesivos paisajes que se abren a izquierda y derecha de la carretera. Es primavera y la naturaleza revive y florece como un milagro que ha estado oculto bajo la nieve. El bosque despierta lleno de colores, toda la belleza del paisaje de bosques y lagos está allí, esperando, enmarcada en el camino que enlaza Villa La Angostura con San Martín de los Andes. 400 kilómetros, la gran mayoría de ripio, de ida y vuelta, a caballo entre el Parque Nacional Nahuel Huapi y el de Lanín.
En el kilómetro 17 de la ya consabida ruta hacia el Llao Llao se encuentra la entrada de acceso a la aerosilla que traslada al visitante hasta el Cerro Campanario, a 1.050 metros de altitud. Las imágenes son inmejorables. La vista se cruza a cada instante con una postal exclusiva. Es el mejor resumen de una de las más bellas escenas que esconde Bariloche. Ver desde lo alto los lagos Nahuel Huapi y el Perito Moreno, o los otros 15 lagos…, la laguna El Trébol, las penínsulas San Pedro y Llao Llao, la isla Victoria, los cerros Otto, López, Goye, Catedral, Capilla y el maravilloso entorno cordillerano de la ciudad de San Carlos de Bariloche… fascina a todo aquel que tiene la oportunidad de estar en este paraíso. No hay rincón que no sorprenda. Agua y más agua, montañas y más montañas.
“En estas latitudes todo excita la emoción, unas veces la triste aridez de las planicies, otras el aspecto caótico de las montañas y, con frecuencia, entre las grandiosas escenas de la naturaleza, la majestad de las noches serenas nos conmueve hondamente”. Lo decía Ramón Lista 1856-1897, en Barridos por el Viento, y no le faltaba ni un ápice de razón.
Numerosas son las excursiones que ofertan los operadores turísticos, pero realmente son puro relleno en noviembre. Como el avistaje ‘telescópico’ de lobos marinos de un pelo que habitan todo el año en Punta Loma; la playa Doradillo, el mejor lugar para el avistaje costero de las ballenas si hubiese sido de junio a octubre; o Punta Norte, un punto de reunión para esperar pacientemente los varamientos voluntarios de las orcas continentales entre febrero y abril a la caza de los pequeños lobos marinos, coincidiendo con las primeras incursiones al agua de los cachorros.





























