En las faldas del Quito colonial
Quito estaba fuera, más allá del barrio residencial La Colón. La ciudad está enclavada en un bello paraje entre gigantescos montes y valles donde el verde intenso llama la atención. El volcán Pichincha, de 2.816 metros y que se abrÃa ante mis ojos, actuó de imán y hacia él dirigà mis pasos. Tomé la avenida Amazonas. Cualquier turista que llegue hasta allà se topará, quiera o no, con esa avenida, plagada de tiendas, de restaurantes, hoteles y puestos callejeros.
Siguiendo en paralelo al volcán, alcancé el Quito que se convirtió en la primera ciudad latinoamericana en lograr la declaración de Patrimonio de la Humanidad. Arranca en el parque de la Alameda hasta el montÃculo de la Virgen del Panecillo. El trazado de esa zona es ortogonal, lo que resulta muy sencillo para el visitante primerizo. En medio, iglesias y más iglesias, conventos y otros edificios históricos que recuerdan inevitablemente el paso de los españoles. Era domingo y los fieles, por cientos, se agolpaban desde primera hora de la mañana en las puertas. Entrar en cualquiera de ellas para contemplar su interior se convertÃa en tarea difÃcil. No en vano, el fervor religioso que caracteriza a estos paÃses sorprende.
Desde la Plaza de la Independencia o Plaza Grande se extiende el Quito Colonial. El viajero se encontrará con un bullicio muy agradable, donde los ecuatorianos comparten los bancos y charlas distendidas, mientras un sinfÃn de niños se ofrece a limpiarte los zapatos en las arcadas del Palacio Arzobispal y otros tantos disfrutan de juegos callejeros. Los policÃas turÃsticos vigilan que nadie ‘moleste’ al viajero, quieras o no quieras, asà que resulta prácticamente imposible poder dirigirte a un niño y preguntarle por una vida que se me antoja nada fácil. Lo logré, Wiliams fue uno de los pocos con los que puede hablar.
Y en medio de esa plaza se alza la Catedral, con un caracterÃstico templete de piedra que contrasta con el color blanco del resto del edificio. La BasÃlica de la Merced, la de San Francisco o la de Santo Domingo son otros claros ejemplos de iglesias coloniales. Sobrias por fuera y ostentosas por dentro, Pero hay una que sorprende: la del Voto Nacional, más parecida a las catedrales europeas que a las latinoamericanas. Además, esconde una sorpresa. Se puede acceder hasta el último cimborrio. Una experiencia que permite tener una visión prácticamente general de la ciudad.
En este punto, atención a las empinadas calles que el viajero se irá encontrando. La accidentada topografÃa de la villa, construida sobre montes y quebradas, no ayuda a aclimatarse. No hay que olvidar que en Quito se acusa la altura y el sol perpendicular que cae.
Otros puntos de interés: la casa del mariscal Sucre, el héroe de la independencia americana, o el teatro que lleva su nombre. Y si hablamos de parques, ahà están La Alameda, con la famosa estatua al libertador Simón BolÃvar y el Observatorio Astronómico, o el Parque del Ejido, donde poder disfrutar del mercadillo artesanal si es domingo. Un detalle sorprendente: los ecuatorianos dibujan un corazón azul en la calzada para indicar que en ese mismo punto se ha producido un accidente mortal. Ojo al dato. La circulación es lenta, pero caótica. Por lo demás, la ciudad, al menos de dÃa, resulta tranquila para el principiante.
Mar Peláez
Categorías: Ecuador




