MIRADAS DEL SUR

Viajar para descubrir que esconden esas miradas

La Paz en las alturas

Septiembre 17th, 2007. Escrito por vayamundos | Sin comentarios

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¡Alto! Una cebra obstaculiza la calzada. Parece cómoda, como en su medio. Y otra, y una más allí. Nadie parece inmutarse. La circulación se detiene mientras un burro muy burlón irrumpe en la escena y se carcajea lanzando sarcásticos besos. Los peatones sortean a los animales absortos en sus pensamientos, sin percatarse de sus tenaces gestos a izquierda y a derecha. No hay manera. “Yo cruzo donde no debo”. Y eso es lo que ocurre. La medida, impuesta por el Ayuntamiento de la Paz, no da el resultado esperado.  Son cebras de carne y hueso pisando pasos de peatones, o de cebra, como se prefiera.

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Es la manera de concienciar a unos viandantes y a unos conductores de que ambos están condenados a convivir. La misión de cebras y burros se antoja complicada. Sus sonidos, por momento, humanos no logran convencer a un paceño de que debe esperar a que un policía de tráfico le dé paso para alcanzar la otra acera. Tampoco a un taxista que conduce su obsoleto ‘transformer’; un vehículo importado de Japón al que en la propia aduana le ‘tunean’ para trasladar el volante de derecha a izquierda, dejando al descubierto agujeros con cables interminables.  

Conviven con ‘trufis’, taxis que siguen una ruta establecida, y con esos autobuses, micros o furgonetas que inundan las calles y que se llenan al doble de su capacidad. De eso se encarga el cobrador que, colgado literalmente sobre la puerta del vehículo y con medio cuerpo fuera, grita sin parar y de forma casi indescifrable una retahíla de destinos para intentar captar clientes a la desesperada. Del volumen de pasajeros que sea capaz de introducir en el bus dependerán sus emolumentos finales. No hay paradas fijas, así que sólo con levantar la mano, el conductor es capaz de hacer un quiebro en la circulación hasta detenerse a los pies del viajero.  La estela de humo negro que desprenden a su paso, entre sonidos chirriantes y frenos desgastados, deja entrever esa locura en las alturas que es la Paz; una ciudad que rezuma actividad, caos, ruido, prisas y suspiros entrecortados. Pero ¿por qué lo llaman la Paz? Quizá, porque está muy cerca del cielo.

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A sus más de 3.650 metros de altitud es la tercera ciudad del mundo más alta, por detrás de Potosí y Lhaasa, en el Tibet, pero eso sí puede presumir de ser la capital más alta. La ciudad se encuentra escondida en un hermoso y profundo valle, en una olla perfecta sin respiraderos, donde la vista se pierde en el infinito entre las casas colgadas materialmente de las laderas. De noche, la estampa asemeja a un gigantesco belén navideño por la multitud de pequeñas luces amarillas que salpican los altos cerros. Es como una pirámide invertida, donde los ricos han elegido la parte inferior para asentar sus mansiones, dejando a los pobres, a los indígenas, a los campesinos llegados a la ciudad en busca de un futuro mejor, esas callejuelas sinuosas y retorcidas, en demasiadas ocasiones sin asfaltar, que dibujan de forma escalonada los suburbios de la Paz, allá en la cima, abrazando la metrópoli modelada sobre el capricho de la naturaleza. 

El Alto es el mejor mirador para tomar el pulso de la ciudad y para percatarse de que los dos millones y medio de habitantes censados parecen pocos en ese mar de ladrillo desmedido. Es como una urbe sin concluir. El ladrillo rojo, pelado, da idea de que los impuestos atosigan a los propietarios de viviendas perfectamente rematadas, así que lo frecuente es encontrarse con construcciones de una sola altura a la que han añadido las vigas para elevar, quién sabe cuándo, otra planta. Eso les salva de los tributos. 

Por una empinada autovía se desciende despacio hacia el corazón de la Paz. Y allí estalla el color. La mezcla de lo moderno y lo ancestral, lo hispano y lo indígena, la ostentación y la pobreza. De todo ello es testigo el Illimani que, con sus 6.462 metros de altura, vigila el día a día de una ciudad que nació separando culturas, y así se mantiene, dividida entre corazones indios, mestizos, blancos, y cruzada por fronteras aún hoy visibles. Si hay una calle que aglutina a todos ellos, esa es la Mariscal Santa Cruz, que atraviesa la ciudad de Norte a Sur. En ella emergen edificios altos, rascacielos en algunos casos, aprovechando que se trata de casi la única llana de toda la Paz.

Acoge la zona de negocios donde los ejecutivos se entremezclan con el bullicio del tráfico, con estudiantes uniformados, con cafeterías y hoteles y, cómo no, con puestos ambulantes en los que adquirir desde pilas a caramelos de coca, una sabrosa papaya o un bote de gel, pero también ver tu programa preferido de televisión conectada a los postes de la luz o hacer una llamada local en cualquiera de los quioscos de prensa. Todo es posible en un lugar donde el comercio arrebata metros a la calzada, a las aceras y a las plazas. Es un mercadillo viviente. 

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Estamos a punto de entrar en el universo indígena. Sí, ese que se abre en los alrededores de la Plaza de San Francisco y que muestra que la cultura aimara, y sobre todo las mujeres, no saben del reparto ordenado de espacios, sino más bien de una lucha por el territorio para extender en cualquier rincón sus productos a la venta. Están en puestos diminutos, sentadas sobre el frío suelo, en filas sin espacio vital, vendiendo fruta, pescado, pollos, salteñas, panes… desde que sale el sol hasta más allá de que se esconda.

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La subsistencia en la Paz es evidente, no se esconde a los ojos del viajero, que se ve obligado a sortear niños correteando que acompañan a sus madres durante toda la jornada laboral o tener cuidado para no golpear a ese bebé que dormita sobre la espalda de su mamá.  Los sombreros Borsalinos delatan a las ‘cholitas paceñas’. Es su forma de identificarse sobre otras regiones del país, y lo usan todos los días, como lo vienen haciendo desde la época de la colonia.

El colorido tradicional de este país multiétnico lo imponen sus polleras; esas faldas sobrepuestas que legaron los españoles en otra época, y las mantas, a semejanza de mantones de Manila, elegantemente bordadas en días de fiesta y algo bastas el resto. Todo ello cubre su cuerpo, pese a que la temperatura no siempre aconseja su uso. Es una mezcla entre moda dieciochesca y barroca, emulando a aquellas ‘damas españolas’, pero con algunas singularidades bolivianas.

Un poco más allá, en medio de los puestos, humean unos anticuchos (corazón de vaca) sobre una plancha en la que antes se cocinaban unas salchipapas, mientras un grupo de hombres se arremolina en unas escaleras para escuchar al ‘charlatán’ de turno como si de un ‘speak corner’ se tratara.

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En ese mismo momento, comienza a aparecer la primera referencia a la lucha que mantiene actualmente Sucre y la Paz por la capitalidad del país. La convocatoria de la Constituyente por parte del primer presidente indígena del país, Evo Morales, ha abierto la veda a una discusión aletargada desde que en 1898 la Paz arrebató en una guerra civil a Sucre la capitalidad efectiva. Hoy Sucre es la capital oficial; la Paz la administrativa y sede del gobierno. Este motivo, sin embargo, nada tiene que ver con la sentada que se está produciendo en plena Mariscal Santa Cruz. Jubilados y jubiladas reclaman la anulación de una ley que les rebaja su paga un 8% por cada año que se jubilen con anticipación. El tráfico está colapsado, pero la policía y los paceños no pierden la paciencia. Están acostumbrados.La Paz sufre cada año 1.300 manifestaciones, huelgas y bloqueos. Esta es sólo una más.070919-la-paz45.jpg

Es la hora de decidir si ‘escalar’ hacia la derecha o hacia la izquierda. La altitud de la Paz no ayuda al paseo por esas cuestas de infarto. Nos decantamos al final por la calle Sagárnaga, el paraíso de las compras, las agencias de viajes y el refugio para los turistas. Allí se congregan mochileros en busca del próximo destino por el país, parejas revolviendo entre esa artesanía que inunda la vista -platería, prendas de llama o vicuña, objetos tallados en madera, whipalas (estandarte inca recuperado por los movimientos indígenas andinos), chompas de todo tipo, piezas de lana multicolores…- o simplemente paseantes que toman, con suspiros entrecortados, el pulso a la ciudad mientras eligen un lugar para comer o tomar una chicha (bebida a base de maíz fermentado).

Si a la gran oferta de productos que se esconde en ese conglomerado de mini tiendas o puestos callejeros se suma que los precios tan asequibles para el bolsillo europeo de cualquier producto en Bolivia, resulta imposible no sucumbir a las compras. Todo entra por los ojos. Es difícil resistirse a la insistencia de los vendedores. “Unita por 20 bolivianos o dosita por 30 bolivianos” Es decir, una bufanda de alpaca por dos euros o dos bufandas por tres euros. ¿Quién se atreve a regatear?   

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Y tras ascender la empinada cuesta, uno se cruza con la calle Linares, más conocida por albergar el Mercado de las Brujas. ¿Brujas? ¿Hay brujas en La Paz? Haberlas haílas. Un primer puesto con fetos disecados de llama da respuesta a la pregunta. Esas mujeres aimaras enseñan al visitante cómo hacer una petición a la Pachamama, la Madre Tierra. “Cuánto más ofrezcas a la tierra, más te devolverá ella”. Ese es su lema. Junto a esos no siempre agradables fetos, incienso, lana, pequeños fósiles, remedios medicinales. Todo está listo para que las ‘chiferas’ pongan sobre tus manos el material necesario para una ceremonia de ofrenda. Si no, vuelta a mirar y ojear entre la mercancía que con tanta paciencia te enseñan los tenderos.

Antes de abandonar la calle, uno se ve atraído por un sugerente cartel: Museo de la Coca. En el interior, todo lo que hay que saber sobre el masticado de esa hoja (acullico), las plantaciones, su historia y su uso en la medicina; un uso que comenzó a extenderse entre los habitantes del altiplano hace ya más de 5.000 años como ayuda para soportar la altitud y la falta de comida y, que sólo se convirtió en cocaína cuando llegó la mano del hombre blanco invasor. 

De nuevo en el centro neurálgico del turismo, queda por buscar los famosos tambos. En esos patios interiores de casonas antiguas la fruta, perfectamente colocada, invita a dejarse llevar por el sentido de la vista y del olfato. Papayas, plátanos, manzanas, guavas… un auténtico puzzle de colores. A las puertas, en la calle Illampu, las mujeres toman la calzada. Sus puestos de frutas, verduras, hortalizas, y todo aquello que uno pueda imaginar, se encuentra en plena vía. Imposible no detenerse a preguntar qué tipo de tubérculo es ése con forma desconocida o intentar descifrar en ese gran saco de qué clase de patata se trata.

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Mientras, un improvisado restaurante acaba de apoderarse del único espacio libre. Cuatro taburetes alrededor de una cacerola, y en ellos cuatro hombres aguardan a que una mujer les sirva un plato de sopa. No tarda en llegar otra vendedora con vasos llenos de helados o de gelatina. La oferta se amplía a zumos tan variados como sabrosos. La higiene no siempre se cumple, pero nada parece afectar a nuestros ya preparados estómagos. 

Ha llegado el momento de deshacer el camino andado y de situarse de nuevo en la Mariscal Santa Cruz. Sorteado el tráfico insufrible, y ya cuando los pies han alcanzado la acerca contraria, te espera una nueva ascensión. Esta vez hacia la plaza Pedro Domingo Murillo, o lo que es lo mismo, al lugar más emblemático del centro histórico de la ciudad, donde comparten espacio la Catedral, de un estilo indescifrable, el Palacio Legislativo y el Palacio de Gobierno. La guardia republicana, con sus atuendos rojos, recogen en el cambio de turno las banderas de cada uno de los estados bolivianos, dejando que sólo ondee en el centro la gran enseña roja por la guerra, amarilla por el oro y verde por la naturaleza. La plaza, que guarda un claro estilo colonial, da pie a sentarse en unas escaleras a contemplar cómo pasan la vida los paceños. Niños espantando a miles de palomas, mientras otros les dan de comer o una señora intenta que su pequeño deje de llorar cuando se aproximan a él. Aparece un limpiabotas con el rostro totalmente cubierto. Parece extraño, pero suelen ser universitarios que prefieren ocultar su cara para no ser reconocidos. Más allá, otras mujeres preparan salteñas, helados y gelatinas que tanto placer parece dar a una pareja de ‘cholitos’ que conversa de forma pausada.  

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Con pena, abandonamos la plaza y nos adentramos en las callejuelas que se enredan en torno al centro histórico. La calle Jaén es el reclamo. Tras pasar por la puerta de varios museos, siempre cobijados en palacios coloniales, y de contemplar cómo se vende en plena calle televisores, aparatos de alta fidelidad o toda clase de electrodomésticos alcanzamos el mayor vestigio del colonialismo.

Colorida como ninguna y adoquinada como pocas, esta calle puede vanagloriarse de ser la más bonita de toda la ciudad, también la más cultural. El Museo Metales Preciosos, el del Litoral Bolivano o el Costumbrista. Todos en el mismo edificio, una de las más bellas residencias coloniales de La Paz, pero cada uno con un fin. El primero muestra las diferentes etapas de la metalúrgica precolombina, con salas repletas de oro, de plata o de objetos cerámicos. El segundo descubre que Bolivia tuvo un día salida al mar. La guerra del Pacífico de 1879, contra Chile, les arrebató 120.000 kilómetros cuadrados de privilegio, y siguen sin aceptarlo. El más singular, el costumbrista, recrea mediante pequeñas figuras artísticamente moldeadas la vida precolombina, la inca, la colonial o la republicana. El visitante puede incluso recorrer las distintas modas o aprender momentos históricos que han marcado la vida de la ciudad. Y todo por cuarenta céntimos de eurox. Como colofón, un museo de los instrumentos: 10.000 en total, traídos desde los más remotos rincones del mundo y dispuestos en distintas salas con música que evoca el sonido de cualquiera de ellos. Buen punto y seguido al día.

Por Mar Peláez

Categorías: Bolivia

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