A navegar por un mar de sal
12 horas y el autocar hizo el último quiebro en ese continuado y maltrecho ripio al llegar a Uyuni, allá donde el mismo tiempo se detiene. Aquel pueblo pequeño, desvencijado, pobre y abandonado en medio de esa tierra que se confunde con el cielo, se convierte en obligado punto de partida para adentrarse en el fantasmagórico, misterioso e inolvidable Salar de Uyuni. La agencia Los Olivos, previamente contactada desde La Paz, puso a nuestra disposición a Teodoro, un aventajado chofer, y su anticuado todoterreno en el que pasaríamos horas y horas en los tres días siguientes. No hay otra forma de viajar con garantías por ese infinito manto blanco que con expertos guías y en vehículos preparados. En pleno desierto, aunque sea de sal, no existen referencias visuales, ni marcas en la ‘calzada’, ni señales de ningún tipo, ni brújulas que se resistan a las cargas magnéticas del litio, sólo tenues roderas de los coches que preceden la expedición y que se diluyen a la caída de las primeras lluvias. O sea que la desorientación es total para el no iniciado.
En compañía de otros cinco ‘compañeros’ de aventura comenzamos la marcha con la ilusión de contemplar ese capricho de la naturaleza, ese vestigio de mar arrebatado por los Andes hace millones de años. A 25 kilómetros por una carretera de ripio se descubre la reducida- población de Colchani. Justo en la orilla surgen los primeros montones de sal, como terrones colocados semejando una muralla imperfecta. Es el trabajo de los últimos salineros que han hecho de la sal su forma de vida. Quedan pocos ya y desperdigados en la inmensidad blanca. Antes, este mineral ocupaba la mano de obra de prácticamente la totalidad de los vecinos de la zona. Hoy, el turismo ha desbancado a la sal y ha transformado las poblaciones aledañas. Hosteles, restaurantes, agencias de viajes… emergen en busca de otra alternativa más rentable en un lugar privado de muchos recursos. Pero aunque viven enfocados en el turismo, para el bolsillo de prácticamente cualquier turista español, resulta barato. Por 90 euros es posible pasar tres días en el Salar de Uyuni, con alojamiento, comida y todoterreno incluidos.
Allí es posible conocer in situ el proceso artesanal de molido, yodificación y envasado de este mineral. Un pequeño museo ofrece unas simples pinceladas de lo que se puede diseñar con la sal. Las mujeres del pueblo, con sus pieles castigadas por el sol que cae en picado y su reflejo dañino contra la llanura infinita, intentan que los viajeros reparen en esas cajas blancas, en esos dados o simplemente en las caprichosas formas de los cristales de sal, que venden desde que sale el sol hasta que se esconde.
En una mañana transparente, el todoterreno vuelve a deslizarse por esa aparente pista de patinaje, rumbo a los Ojos del Salar. Y es que, aunque parezca mentira, el fondo de esa masa de sal sólo está a diez o veinte centímetros de la superficie. ¿Abajo? Agua, simplemente agua; cauces que afloran en ciertos puntos y que se asemejan a unos ojos. En cualquiera de esas cavidades es posible descubrir cristales, mezcla de azules y blancos, que se forman en su interior. Tan sólo es necesario escarbar un poco para llevarse el recuerdo más característico de este paraje blanquecino que se torna extraterrestre y apocalíptico.
El silencio sepulcral se rompe. Un grupo muy numeroso de motos ruge en su marcha hacia las profundidades de una extensión que se prolonga a lo largo de 10.582 kilómetros cuadrados. Es otra forma de viajar por ese lienzo inmaculado. Y vuelta al silencio, a girar y a girar mientras uno se deja llevar por la impresión de esa estampa blanca sólo interrumpida por el azul del cielo.
Más allá, una nueva sorpresa. Como si de un oasis se tratara, y en medio de la absoluta nada, unas banderas de países de lo más alejados dan la bienvenida a un hotel de sal, edificado sobre ladrillos de este mineral. Las paredes, la cubierta, las mesas, las sillas, las camas, la decoración… Todo está confeccionado con sal. Todo un reto. Hoy ya no cumple la función de hospedaje. La imposibilidad de desaguar sin dañar el ecosistema ha aconsejado su cierre como hotel. Ahora, tan sólo es una parada.
No nos abandonan. Donde la vista se pierde, se eleva una serie de montañas. Y allí, y más allá. El salar se encuentra festoneado en toda su extensión por los picos nevados y los volcanes durmientes de la cordillera andina. No se pueden apreciar en toda su grandiosidad, porque la distancia lo impide, pero la altura se les presupone. Sobresalen como espadas afiladas en una llanura que se encuentra a más de 3.650 metros de altitud.
Unas horas después emerge, para sorpresa de todos, una isla en medio de ese desierto, de esa bacina llena de sal. Es la Isla Pescado o Inkahuasi (casa del Inca) y nos recuerda que hace millones de años lo que estamos pisando era el fondo del océano. La tierra comenzó a rugir, a arrugarse y a levantarse dando la bienvenida a los Andes. Ese mar se quedó aislado a cuatro mil metros de altitud, y se fue desecando con resignación. Segunda vez, por tanto, que Bolivia pierde su salida al océano. Primero se lo arrebató los Andes, después los chilenos.
El viajero no duda en perderse por los senderos que conducen a la cima del islote. Son tantos los cactus que permanecen erguidos que sucumbir a su exploración es un placer. Los cactus son tan grandes como árboles y, sobre ellos se posan los únicos seres vivos que se atreven con sus afiladas espinas: los pájaros. Las rocas que se depositan en el suelo son en realidad corales. Y allí, sobre la cima, sobre un exclusivo mirador, todo es grandiosidad. Belleza agreste y pura. Una espléndida panorámica modelada por la naturaleza. Horizontes infinitos que se confunden con el cielo. Imposible abarcar esos 150 kilómetros de sal de Norte a Sur, y esos 250 kilómetros de Este a Oeste. Blancura, blancura y más blancura allá donde detengas la vista. ¿Desierto o mar de sal? El viento otorga si cabe mayor extrañeza a la estampa. Sopla con fuerza y en ocasiones parece que su sonido quisiera emular al de aquellas olas que ya no retornarán.
Entre esas sensaciones llegó la comida campestre a los mismos pies de la isla. Sobre taburetes y mesas de sal se disponían los distintos grupos de viajeros, sin querer apartar ni un instante la vista de esa maravilla con el fin de grabar en la retina tanta grandiosidad. Aún quedaba tiempo para deslizarse por esa costra salina, juguetear con sus fríos granos, dar vueltas sin parar, sentir el sonido de la sal bajo tus pies como si de nieve virgen se tratara…, y recorrer el perímetro de la isla. Al otro lado del islote, pura paz. A la derecha, la tierra de tonos ocres, con sus puntiagudos cactus; a la izquierda blanco, enfrente blanco, detrás blanco. Un puzzle gigantesco de figuras poliédricas que se extienden más allá de lo que alcanza cualquier vista.
De nuevo, apiñados en el maltrecho todoterreno, proseguimos la marcha por un paisaje que se repetía metro a metro, como un mantra. Nadie debe resistirse a contemplar un atardecer en ese paraje insólito, comprobar cómo los rayos de sol se reflejan en ese manto y cómo cambia de tonalidad a cada minuto. Un auténtico espejo, un regalo para los sentidos. El sol descendía al mismo tiempo que se desplomaba la temperatura, pero nada iba a impedirnos disfrutar de la más impresionante puesta de sol que haya visto hasta el momento. Rojos intensos, naranjas brillantes, amarillos, rosas… un arco iris de colores mezclados coloreaban el cielo, y qué cielo.
Pero, sin aviso, ese cielo se ‘apagó’ y se ‘prendieron’ al instante las estrellas, como bombillas colgadas de la nada que servían de única iluminación en los últimos kilómetros de nuestra travesía por el salar. A escasos centímetros de esa manta blanca, se levanta el hotel de Sal Marith en Atulcha, nuestro refugio de esa noche. Dentro, oscuridad. Unas velas nos iluminaron la magia del lugar, con ese suelo compuesto de granos de sal, esas paredes blancas compactas, con sus candelabros de sal, con sus mesas y taburetes del mismo material… Nos estaban esperando para encender su único generador de luz. Y llegó la cena, a base de los alimentos que desde que se inició el viaje llevábamos en la parte superior del vehículo, como también el combustible y nuestras mochilas. Después de la cena, que estuvo amenizada por un grupo de niños y con el sonido de los instrumentos característicos de la cultura andina, salí a la puerta. Hacía frío, un frío invernal, y entre las pocas casas de adobe y sal de la aldea corría un viento helador. Al fondo se escuchaba el ladrido de algún perro y, después, silencio y más silencio. Una paz que invitaba a descansar y disfrutar del calor que genera ese perfecto aislante que es la sal.
Por Mar Peláez
Categorías: Bolivia











