MIRADAS DEL SUR

Viajar para descubrir que esconden esas miradas

Venas de oro y sangre

Septiembre 24th, 2007. Escrito por vayamundos | Sin comentarios

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‘Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro; soy el rey de los montes, envidia soy de los reyes’. Pero ¿quién soy? Quien habla es el Cerro Rico, el verdadero emblema de Potosí, como bien reza su escudo, y la razón de la existencia de este enclave ubicado en las faldas de la Cordillera Oriental de Los Andes, a 4.070 metros sobre el nivel del mar. El esplendor que llegó a alcanzar la ciudad potosina fue tan grande que la frase ‘vales un potosí’ se explica con sólo recordar las riquezas que atesoraba. Ya Miguel de Cervantes, en ‘El Quijote’, se hizo eco del Cerro Rico de Potosí porque se decía que contenía la cantidad de plata suficiente como para construir un puente entre América y Europa.

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Y hacia él nos acercábamos, en grupo, en compañía de un guía. Imposible hacerlo de otra manera. La excursión dura unas tres horas y su coste no supera los 60 o 80 bolivianos. Esta mole de piedra desnuda domina toda la ciudad y, aunque parezca más alejada, lo cierto es que está situada a tan sólo 700 metros del casco urbano de Potosí. Antes de emprender viaje hacia el centro de la tierra, una breve parada en el Mercado Minero, donde los visitantes recorren los puestos para adquirir hojas de coca, dinamita, detonadores, refrescos…; cualquier artículo para agasajar a esos mineros que se aventuran a diario hacia una mina primitiva que no funciona sin una cuantiosa mano de obra. El guía aprovecha la parada para ofrecer unas pinceladas sobre el significado de la coca y su forma de masticado, de la vida en la mina, del Tío, o ese espíritu subterráneo que resguarda a los mineros. A cambio, ellos le ofrecen coca, alcohol y cigarrillos. Y así, todos tan congraciados.

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Con esas pequeñas nociones, y perfectamente ataviados como si de verdaderos mineros se tratara, descendimos los primeros metros de la mina Rosario, una de las ocho abiertas al público. El turismo español es escaso en Bolivia y es frecuente encontrarse con que las explicaciones son sólo en inglés. Nosotras tuvimos suerte. Mariví y yo contamos con una guía en español para nosotras solas. 

Las tres en solitario nos adentramos en la bocamina –hay más de 300 en sólo esa montaña-. La luz de nuestras linternas era la única que iluminaba la veta de plata que se pierde en las entrañas del monte. Una muy parecida a la que debió descubrir en 1535 Diego Huallpa. Y de cobre, y de cinc, y de pirita, y de estaño. Cualquier mineral tiene su hueco en el Cerro Rico. Las galerías por momentos se estrechaban y se volvían a enderezar. Un laberinto de caminos que se abre en cualquier dirección y que sólo un aventajado minero conoce. Cuidado con la cabeza, los cables van de un lado a otro, sin orden aparente, también las chimeneas y buzones. El agua filtrada cubría en ocasiones las rodillas. Y, cuando aún no nos habíamos acostumbrado a la luz, a la humedad y a los gases tóxicos, comprobamos que el trabajo infantil sí existe en el interior de la mina. Un chaval de unos 14 años salía en dirección a la luz exterior después de haber cumplido su jornada laboral. Sin mirar a nadie, con la cabeza baja, sus manos renegridas y sus ropas polvorientas.  

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Unos pasos más adelante, un minero sigue los pasos del muchacho, con el carrillo bien hinchado. En su interior el ‘bolo’, esa masa de coca masticada durante horas para hacer más llevadero un trabajo tremendamente penoso. Lo hacen durante las ocho o diez horas que permanecen ‘enterrados’. Adiós al hambre, al calor, al cansancio. Comer se antoja complicado en un ambiente en el que conviven tantos gases como moléculas de aire se respiran. Las mascarillas ayudan, pero ellos no se sienten cómodos así.

Un ruido metálico alerta de que una vagoneta está muy próxima a nosotras. Lo mejor, apartarse para que los cuatro hombres, que a duras penas pueden mover con sus manos el pesado contenedor, pasen sin más obstáculos. Las gotas de sudor caen sobre los raíles. Más cuando la vagoneta, rebosante de mineral, se atasca en una de las vías. No hay forma de moverla. Se ha enganchado. Ni rastro de maquinaria eléctrica sofisticada. Nunca la hubo. Los gritos de esfuerzos y los juramentos se cuelan por los pasillos, hasta que al fin con la ayuda de unos viejos maderos logran depositarla en el eje.

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Y de vuelta a la madriguera de conductos que se dispersan hasta el mismo infierno, allá donde el aire está muerto. El calor se hace insoportable. A 200 metros de profundidad, la respiración se complica, y los gases no ayudan demasiado. Los mineros llevan medio cuerpo desnudo para soportar esa temperatura sofocante, que puede oscilar más de 40 grados del exterior al interior. Nosotras decidimos ascender. Ellos, en cambio, no tienen esa opción. Cuanto más abajo, más mineral, pero el esfuerzo para extraerlo y acarrearlo al exterior se quintuplica. Las hojas de coca nos ayudan a nosotras también para ascender metros y metros sin percatarnos. No hay que olvidar que a más de 4.000 metros de altura los esfuerzos se multiplican y más cuando el aire está viciado de un gas que permanece a ras de suelo y que entra en los pulmones. Ha pasado hora y media desde que abandonamos la luz natural, y los ojos ya se han acostumbrado a la perfección.

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Las linternas iluminan un nuevo recoveco. Reptando llegamos hasta él. Cuatro muchachos, con edades inferiores a 25 años, mascan coca en su minuto de descanso. Nos cuentan sus experiencias y anhelos: trabajar duro para poder costearse unos estudios que les saquen de esa mina. A ellos y a sus familiares. Lo mismo deben pensar el resto de 20.000 trabajadores que se juegan la vida cada día para llevar a casa unos cuantos bolivianos. Pero ¿qué pensarán los mineros de nosotros, los turistas, cuando nos detenemos a conversar y a entregarles nuestros ‘regalos? Los que trabajan en las zonas más accesibles reciben más presentes con gesto de agradecimiento. Los de abajo, no ven ninguno. La mayoría ha regresado a la mina llevados por el alto precio que hoy cuestan en el mercado los minerales.

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Allí en el interior, también hay clases. El Cerro Rico está horadado por cooperativas, particulares o empresas de riesgo compartido. El salario depende de la suerte de encontrarse con una vena de plata.  Quien puede, adquiere dinamita; quien no, golpea las paredes sin descanso con escarpa y martillo. Horadar y sacar minerales. Y vuelta a horadar y a sacar minerales al exterior en vagonetas o capazos. Y así durante ocho o diez horas. Las necesarias para extraer un mínimo jornal. Han pasado siglos, pero dentro no se percibe ni un atisbo de progreso. Comentan que no es infrecuente que los mineros poco expertos se desorienten por esos estrechos túneles hasta perderse. Aprenden de los veteranos. Tampoco que se produzcan derrumbes en las galerías.

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Uno de los mineros que utiliza dinamita para abrir camino avisa de su colocación. La galería debe ser desocupada en breve. Nosotras proseguimos por otro requiebro ganado a la roca. Agachadas, casi reptando por un espacio por el que apenas pasa el cuerpo, descubrimos al Tío, a ese diablo de arcilla rosácea al que veneran los trabajadores para que se apiaden de su futuro inmediato. Los viernes es día de fiesta en la mina. Le entregan hojas de coca, cigarrillos, alcohol, cualquier cosa para congraciarse con ese ‘monigote’ de aspecto malévolo y cuernos adornados con guirnaldas. Aún así, es su guardián.  

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Cinco kilómetros por claustrofóbicas galerías y al fondo un alfiler de luz; esa salida que tanto anhelan los mineros. Los pulmones se reabren al oxígeno más o menos puro. La retina poco a poco se va acostumbrando a la claridad hasta que se detiene en Hilaria, una mujer de 71 años, que lleva 40 de su vida escarbando entre las escorias. Qué mirada… de tristeza. Ahí sentada, resignada, bajo una lluvia que por momentos se convertía en nieve, golpeando una y otra vez sobre las piedras para separar el mineral de la piedra, ajena a las inmundicias y a los desperdicios que se arremolinan en la ladera del Cerro Rico. Es sólo una de las ‘picapedreras’, viudas de anteriores mineros, que no ha encontrado otra oportunidad para sobrevivir que picar piedra. Si el trabajo en la mina es duro, no lo es menos en su exterior.

Desde el mirador se puede contemplar a la perfección cómo el cerro ha perdido su manto de paja brava. Ya no hay vida en sus entrañas. Una detonación rompe la calma. Es el guía que está mostrando a los visitantes la acción de la dinamita. Ya sólo queda volver a la casa en la que nos ataviamos con el traje de mineros y juguetear con esas tres niñas que aguardan a los turistas para distraerse en sus horas lectivas.

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La furgoneta nos deposita en la Plaza 10 de Noviembre, donde una muchedumbre se arremolina entorno a unos papeles que piden la firma para que se le conceda a Evo Morales el Premio Nobel de la Paz 2007. Unas pancartas muestran la vida del presidente de Bolivia mientras se escucha por megafonía discursos del Che Guevara. Sueñan con que el comunismo triunfe en el país cuna del charango.

El mirador Belem, en la misma plaza, ofrece una vista privilegiada de la ciudad, coronada por el cerro más rico. Iglesias, y templos, monasterios y conventos. Al mismo tiempo que se vaciaba el cerro, crecía Potosí. Hasta el punto de que llegó a ser la ciudad más poblada, incluso del Viejo Continente. La riqueza en su día tuvo que desbordar las calles empinadas y adoquinadas, con esos palacetes de madera tallada. Hoy los edificios están algo destartalados. El tiempo no ha jugado a su favor.

El mercado tradicional, como en anteriores ocasiones, nos serviría para almorzar. Su precio, siete bolivianos, su típica gastronomía y la amabilidad de las cocineras, hacen olvidar al instante que la higiene no siempre se adecua a los estándares occidentales. Es la mejor manera de tomar el pulso a la realidad del país, de conocer su forma de vida. El convento de Santa Teresa, con sus tornos, y sus puertas camufladas, resulta una parada interesante. Y si no, sólo basta con recorrer esas calles y dejarse llevar por estampas cotidianas de un país que, a nuestros ojos occidentales, esconde muchas pequeñas sorpresas.

Por Mar Peláez

Categorías: Bolivia

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