MIRADAS DEL SUR

Viajar para descubrir que esconden esas miradas

Sucre, canto de libertad

Septiembre 25th, 2007. Escrito por vayamundos | Sin comentarios

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Dos horas y media después de haber abandonado Potosí, nos encontramos en Sucre. El blanco de sus fachadas es la primera imagen que entra por la retina. No es Andalucía, es Sucre. Atrás habíamos dejado el color ocre, y nos adentrábamos en un mundo blanco. Primero, como de costumbre, a patearnos la ciudad en busca de un alojamiento. Fue laborioso encontrar un hostal mínimamente acogedor. La Policía de Turismo no siempre resulta la opción más eficaz. Al final, elegimos el Hostal Veracruz, en la bulliciosa calle Ravelo, porque, al menos, su ducha desprendía agua caliente.


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Pocas ciudades como Sucre conservan el verdadero espíritu colonial. Señorial, aristócrata, recoleta, acogedora, tranquila. Ordenada, limpia y cuidada. A eso contribuye el hecho de que está prohibido pintar sus casas de otro color que no sea el blanco. Y esa obligación les tiene condenados a pintarla de arriba abajo cada año. Los tejados de los edificios también son uniformes, pero esta vez el color ladrillo es el que predomina.

Es pequeña, tan pequeña que parece irreal que sus habitantes todavía hoy se disputen con los paceños la capitalidad del país. ¿Por qué renunciar a ese sosiego? ¿Por qué sustituir la quietud por esos atascos, revueltas, bloqueos constantes… que alborotan y paralizan la Paz?
Sus calles rectilíneas guían al visitante por sus iglesias y palacios, por sus campanarios y torres coloniales. Sus habitantes presumen de tener la mayor concentración de iglesias y museos de Bolivia. Así que a cada paso, el viajero se topa con un templo, un palacio o cualquier edificio centenario que guarda sabor y belleza. Hasta cuatro nombres ha tenido a lo largo de la historia: Charcas, Sucre, Ciudad Blanca y La Plata. Pero si hay un lugar que recoge como ningún otro la esencia de esta ciudad es la Casa de la Libertad. Allí en agosto de 1825 se reunieron los miembros de la Asamblea Deliberante para proclamar la independencia del país. Y, como en prácticamente la totalidad de las ciudades bolivianas, la plaza principal adopta el nombre del día en que retornó a la libertad tras siglos de ocupación española. Simón Bolivar, su liberador, como también de Colombia o Ecuador, preside la Plaza 25 de agosto.

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182 años después, ese lugar no olvida que una Guerra Civil (1899) les arrebató la capitalidad a favor de La Paz. Desde mediados de agosto de 2007 se ha convertido en un polvorín. Grupos de manifestantes y fuerzas policiales de Sucre, con gases lacrimógenos incluidos, se han enfrentado en multitud de ocasiones. La Constituyente que prometió Evo Morales les separa entre barricadas y fogatas, entre heridos de ambos lados. Los sucreños reclaman que la Asamblea Constituyente debata su demanda de ser capital efectiva y no sólo oficial de Bolivia.

Días antes de nuestra presencia, los informativos se hacían eco de los enfrentamientos. Días después, también. Pero el panorama que nosotras contemplamos no fue ni mucho menos ese. Todo era calma en una ciudad universitaria, donde los muchachos perpetrados con libros y cuadernos vienen y van por calles antiguas y con una historia que atesora el origen del país. Es tan rebelde como intelectual.

La Catedral Metropolitana, en la plaza central, es punto de referencia visual, al menos por sus 16 estatuas de tamaño natural que vigilan la ciudad. Son los 12 apóstoles más los santos de Sucre. Lo ideal, dejarse llevar por el colorido de los mercadillos, de las tiendas de artesanía y por esas empanadillas salteñas que no sólo llenan el estómago sino que deleitan el paladar. Una buena opción para conocer algo más de la vida de los sucreños es comer en su mercado, perderse entre sus platos y conversar con sus tenderas, como Mónica, una niña de 11 años que ayuda a su tía a hacer la comida día tras días después de salir de clase. El sabor de su gastronomía y el bajo coste de sus menús invitan a olvidar que la limpieza del lugar no siempre resulta apto para todos los gustos. Alejarse los escrupulosos, pero no los que quieran acercarse a la cultura boliviana, mezcla indígena y criolla.

Por Mar Peláez

Categorías: Bolivia

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