MIRADAS DEL SUR

Viajar para descubrir que esconden esas miradas

Sucre, la ‘andalusí’ boliviana

Septiembre 26th, 2007. Escrito por vayamundos | Sin comentarios

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Sucre es bella en sí misma, aunque después de recorrer numerosas ciudades típicamente coloniales ha perdido mi interés. Es de estas ciudades que miro, pero no veo. Por eso en día y medio resulta perfecto para hacerse una idea de la ciudad y proseguir camino. A medida que nos despegamos de los Andes nos alejamos de comentarios favorables a Evo Morales. Y de qué manera. Por primera vez, alguien nos habla abiertamente en contra del primer presidente indígena de Bolivia. Los carteles que se descuelgan por los balcones denotan que Evo no es bien recibido en la ciudad. No quiere entrar a debatir sobre la capitalidad del país, y los sucreños no se lo perdonan.

El sol quema, no broncea. Estamos a 2.600 metros de altitud y eso se siente. Al menos, si el destino es el mirador de la Recoleta, desde el que observar una vista inusual de la ciudad. No perderse el interior del convento de la Recoleta para abrazar el árbol milenario, un cedro de unos 1.400 años de antigüedad, al que la leyenda el confiere ‘poderes’ para encontrar a la pareja de tu vida. Tres vueltas en sentido de las agujas del reloj y a esperar…

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Y, como en Sucre todo evoca libertad, es obligada una parada en la Iglesia San Francisco. Al alzar la vista, uno se topa con una torre cuadrangular (la otra es triangular). Lo característico, la llamada campaña de la libertad, desde la que se llamó al pueblo a la independencia el 25 de mayo de 1809. De plaza en plaza se llega al Parque Bolívar para comprobar que los parques están tan bien preservados como sus calles y edificios. Un excelente lugar para ver una réplica de la Torre Eiffel, sentarse y leer un libro, relajarse, pensar, broncearse o simplemente mirar a la gente cómo pasa la vida. Un oasis de tranquilidad.

De Sucre sale una vía hacia Vallegrande, el lugar donde hace justamente 40 años falleció el Ché. Pero eso lo dejaríamos para más adelante. Nuestro próximo destino sería Cochabamba para ver el rostro más selvático del país. Y qué viaje. La distancia entre ambas ciudades se cubre en 11 horas, o eso al menos es la teoría.

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El inicio de la expedición no podía ser más halagüeño. No sólo porque escogimos un cómodo autocar, con asientos semi cama, sino porque la luna llena iluminaba en los primeros tramos un paisaje de acantilados. La carretera asfaltaba ascendía metros y nos daba una última oportunidad de contemplar las luces de fondo de Sucre. Pero, pronto, el calor comenzaba a ser agobiante en el interior del viejo autocar. Las ventanillas, por las que entraban oleadas de polvo, no lograban mitigar la sensación de agobio. Nadie parecía percatarse de que la calefacción estaba encendida al máximo, y eso que la temperatura exterior no lo aconsejaba. Supongo, que la resignación de los bolivianos les impedía alzar la voz incluso en un tema tan justo. Supongo también que están desgraciadamente muy acostumbrados a este tipo de incomodidades. Como en viajes anteriores, éramos las únicas extranjeras que viajábamos. Bolivia no es aún un país muy turístico, y son pocos los turistas hispanos que se dejan seducir por su magia.

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Aguantamos en silencio durante horas, hasta que el calor hizo que el ambiente fuera irrespirable. Protestamos, pero no logramos respuesta. Ya en la cabina del chofer, comprobamos el motivo de tanto calor. El autocar se estaba recalentando y corría el riesgo de pararse si quitaba la calefacción. La odisea no había hecho más que empezar. Continuamos en esa estrecha cabina, junto al conductor, el ayudante y otra pasajera sin asiento, y sobre el motor del vehículo. Allí, al menos, se podía respirar.

El sudor del ‘autocarero’ iba en aumento, y no sólo por el calor. El paso del bus se realentizaba. Tanto, que al final dio su último suspiro, o eso parecía. Se detuvo un rato y prosiguió más lento si cabe. El ayudante del conductor iba insuflando aire en marcha por una pequeña cavidad. Sus intentos fueron fallidos y, después de varias intentonas, el autocar se detuvo. Lo hizo frente a dos casetas en las que un grupo de bolivianos se afanaba por vender galletas, dulces, bebidas…

Tres horas allí detenidos, en medio de la absoluta nada, esperando a que un mecánico apareciera a las 3 de la madrugada para hacer que el motor arrancara. Y apareció ese milagroso mecánico que nos puso de nuevo en ruta. Sin más contratiempos, el autocar llegó a Cochabamba catorce horas de viaje de iniciado. El cansancio había hecho mella en nosotras y no pudimos resistirnos a un sueño reparador en el Hostal Jordan.

Por Mar Peláez

Categorías: Bolivia

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