MIRADAS DEL SUR

Viajar para descubrir que esconden esas miradas

Perdidos en el ‘cocal’

Septiembre 30th, 2007. Escrito por vayamundos | Sin comentarios

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“Coca sí, cocaína no”; un conflicto de mil caras en el Chapare boliviano. Unos piensan que “la lucha contra la coca no es más que un pretexto de Estados Unidos para controlar Latinoamérica geopolíticamente, otros creen en cambio que es la única solución para que los “viciosos americanos y europeos” dejen de consumir un alcaloide por el que pagan cientos y cientos de dólares o euros. “Los gringos violaron la coca. Hasta su llegada, tan sólo era una hoja bendita. Nosotros no sabíamos cómo hacer la cocaína”, apunta Santiago, nombre ficticio de un hombre que prefiere ocultar su identidad por temor aún a represalias. 

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Y es que los vecinos de la zona recuerdan aún cómo a finales de los años 90 los helicópteros sobrevolaban, con lentitud, la húmeda selva del Chapare, trasportando a agentes norteamericanos y policías bolivianos para vigilar de cerca los movimientos de miles de campesinos que se movían al grito de “¡Causachum coca, wañuchun yanquis!” (viva la coca, mueran los yanquis). Ellos, los agricultores, exclusivamente pretendían defender sus cultivos de hoja de coca. Les quita la sed, el cansancio y el hambre; el suyo y el de su familia.   

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La agricultura alternativa con la que EEUU y sus acólitos bolivianos pretendían convencer a los productores de hoja de coca no satisface sus necesidades más perentorias. Un ejemplo: una hectárea de palmito representa un ingreso de 2.000 dólares anuales. La misma superficie sembrada de coca reporta un beneficio de 7.000 dólares al año. La llegada de Evo Morales, o el “señor de la coca”, como se le conoció, al Palacio Presidencial ha dado tranquilidad al Chapare y ya no se respiran aires de rebeldía, aunque la zona sigue enrocada en la pobreza. El cultivo de coca da tres cosechas al año, pero el grueso del beneficio va a parar a los intermediarios, a aquellos que recogen la pasta básica para venderla a los narcotraficantes que en sofisticados laboratorios producen la cocaína para el consumo de norteamericanos o europeos. En el Chapare no hay laboratorios sofisticados, a lo sumo en la intrincada selva una red de pozas o diminutos pisaderos construidos con palos y plásticos donde los ‘pisacocas’ maceran la hoja hasta convertirla en pasta base de cocaína. Los pies de esos ‘bailadores’ son un fiel retrato de su drama. Ennegrecidos, callosos, carcomidos. Los ácidos han acabado con sus plantas hasta convertirlas en una capa áspera y resquebrajada. Su destino si les sorprenden: la prisión. 

Los dueños de las tierras –cada campesino tiene derecho a un cato o una parcela de 40 metros cuadrados- deben vigilar que los ‘peones’ que las trabajan no caigan en la tentación de crear un pisadero oculto. No es raro encontrarse con bolivianos haciendo una bola con las hojas a las que han quitado previamente el tallo. Las introducen en la boca con un trocito de calcio para multiplicar su efecto y las mascan con paciencia, escupiendo las hojas masticadas. En el acto, el cansancio desaparece y la respiración se acompasa. Se nota cierto letargo en la lengua. 

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El día transcurría entre conversaciones con nuestros nuevos amigos y paseos por la parcela de uno de ellos, en Ibuelo. El calor aplastaba nuestras fuerzas, pero no impedía disfrutar de esa naturaleza en estado tan puro que ocultaba las trochas abiertas tan sólo unos días antes. Después de cruzar en dos ocasiones un mismo río llegamos al cocal. Por fin poder comprobar in situ cómo es una plantación de coca. Por aquí y por allá, se levantaba esa planta que tantos quebraderos de cabeza causa a muchas personas en países lejanos a Bolivia que lucha por erradicar su adicción. Pero también orquídeas, patujús, mangos, palmitos, café…   

Otro de los ríos que cruzan la parcela de nuestro amigo nos sirvió para refrescarnos. Ninguno quería salir de esa agua cristalina para volver a sufrir los rigores de una temperatura que se pegaba en el cuerpo sin querer despegarse. Comimos chicharrón con choclos, regada con chicha sin alcohol, en un chiringuito cercano a la carretera que enlaza Cochabamba con Santa Cruz y nos fuimos a reencontrarnos con Roberto y José para proseguir nuestro día de sorpresas.  

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Juntos nos dirigimos a la parcela de otro de sus amigos por un camino no apto para un coche, y de allí a los Guarachos, un lugar donde los pájaros ciegos viven en libertad, dejando el pavimento repleto de guano. La tirabita que debía trasladarnos hacia allí no estaba operativo; otro grupo de viajeros la había usado antes, así que nuestro siguiente destino sería el río San Rafael, de aguas aún más cristalinas y de fuerte corriente. Sólo unas sardinas ‘mordedoras’ entorpecían nuestro placentero baño. Horas más tarde regresamos a Villa Tunari para vivir nuestra penúltima sorpresa. 

Ese mismo día se inauguraba el campeonato de fútbol sub-18 y allí estaba Evo Morales para hacer los honores. Y allí mismo, justo delante de nosotras, estaba aquel niño que corría entre las llamas en el altiplano de Oruro; el pequeño que fabricó ladrillos, amasó pan y tocó la trompeta. Hoy es el presidente de todo un país y el máximo responsable a su vez de las seis federaciones de productores de coca. Emigró al Chapare a cultivar coca cuando la crisis agraria y minera de los años 80 no ofrecía mejor solución. Se atrincheró en la pequeña comunidad de Puerto San Francisco y, como la gran mayoría de sus vecinos, se inició en eso del cultivo de la hoja de coca. Como combatiente de base y sindicalista luchador, Evo arrancó allí su “lucha por la dignidad y por la liberación de su pueblo”. Su sueño: acabar con la pobreza del 65% de la población boliviana. Habrá que ver si lo consigue. 

No contábamos con podernos acercar al máximo mandatario boliviano. El cordón policial, formado casi exclusivamente por vecinas del chapare unidas con palos, nos lo puso fácil. Sólo fue cuestión de paciencia. Al salir de la Municipalidad de Villa Tunari, Mariví y yo nos abalanzamos hacia él con el propósito de hacernos una foto. La logramos, ante la sorpresa de Evo y sus acompañantes, y por qué no también de sus risas. Las cámaras de televisión que en ese momento grababan la salida de Evo inmortalizaron también nuestro momento. 

Con la instantánea en nuestras cámaras, nos dirigimos hacia el estadio de fútbol donde la gente se agolpaba para ver a su presidente, pero sobre todo el partido inaugural del campeonato. La multitud nos impedía seguir el lance, por lo que lo más oportuno era verlo por televisión en compañía de nuestros amigos bolivianos. El ruido y la luminosidad de los fuegos artificiales dio por concluido el encuentro y prácticamente también nuestra estancia en ese lugar que ya llevo marcado en el recuerdo. 

Nos quedaba aún un viaje pesadilla hacia Santa Cruz. Eso, en el mejor de los casos. Los autobuses que hacen la ruta Cochabamba-Santa Cruz iban repletos, sin un solo asiento libre. Y así desde las 23 horas hasta la 1.00 de la madrugada. Cuando nuestras esperanzas estaban a punto de derrumbarse, un autocar se detuvo. Tenía para dos pasajeros, que fueron ocupados por los dos hermanos chilenos que viajaban de pueblo en pueblo vendiendo su artesanía. Sólo nos quedaba esperar al borde de la carretera. Al final, tuvimos ‘suerte’ y conseguimos llegar a Santa Cruz.

Por Mar Peláez

Categorías: Bolivia

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