Perdidos en el ‘cocal’
“Coca sÃ, cocaÃna noâ€; un conflicto de mil caras en el Chapare boliviano. Unos piensan que “la lucha contra la coca no es más que un pretexto de Estados Unidos para controlar Latinoamérica geopolÃticamente, otros creen en cambio que es la única solución para que los “viciosos americanos y europeos†dejen de consumir un alcaloide por el que pagan cientos y cientos de dólares o euros. “Los gringos violaron la coca. Hasta su llegada, tan sólo era una hoja bendita. Nosotros no sabÃamos cómo hacer la cocaÃnaâ€, apunta Santiago, nombre ficticio de un hombre que prefiere ocultar su identidad por temor aún a represalias.Â
Y es que los vecinos de la zona recuerdan aún cómo a finales de los años 90 los helicópteros sobrevolaban, con lentitud, la húmeda selva del Chapare, trasportando a agentes norteamericanos y policÃas bolivianos para vigilar de cerca los movimientos de miles de campesinos que se movÃan al grito de “¡Causachum coca, wañuchun yanquis!†(viva la coca, mueran los yanquis). Ellos, los agricultores, exclusivamente pretendÃan defender sus cultivos de hoja de coca. Les quita la sed, el cansancio y el hambre; el suyo y el de su familia.  Â
La agricultura alternativa con la que EEUU y sus acólitos bolivianos pretendÃan convencer a los productores de hoja de coca no satisface sus necesidades más perentorias. Un ejemplo: una hectárea de palmito representa un ingreso de 2.000 dólares anuales. La misma superficie sembrada de coca reporta un beneficio de 7.000 dólares al año. La llegada de Evo Morales, o el “señor de la cocaâ€, como se le conoció, al Palacio Presidencial ha dado tranquilidad al Chapare y ya no se respiran aires de rebeldÃa, aunque la zona sigue enrocada en la pobreza. El cultivo de coca da tres cosechas al año, pero el grueso del beneficio va a parar a los intermediarios, a aquellos que recogen la pasta básica para venderla a los narcotraficantes que en sofisticados laboratorios producen la cocaÃna para el consumo de norteamericanos o europeos. En el Chapare no hay laboratorios sofisticados, a lo sumo en la intrincada selva una red de pozas o diminutos pisaderos construidos con palos y plásticos donde los ‘pisacocas’ maceran la hoja hasta convertirla en pasta base de cocaÃna. Los pies de esos ‘bailadores’ son un fiel retrato de su drama. Ennegrecidos, callosos, carcomidos. Los ácidos han acabado con sus plantas hasta convertirlas en una capa áspera y resquebrajada. Su destino si les sorprenden: la prisión.Â
Los dueños de las tierras –cada campesino tiene derecho a un cato o una parcela de 40 metros cuadrados- deben vigilar que los ‘peones’ que las trabajan no caigan en la tentación de crear un pisadero oculto. No es raro encontrarse con bolivianos haciendo una bola con las hojas a las que han quitado previamente el tallo. Las introducen en la boca con un trocito de calcio para multiplicar su efecto y las mascan con paciencia, escupiendo las hojas masticadas. En el acto, el cansancio desaparece y la respiración se acompasa. Se nota cierto letargo en la lengua.Â
El dÃa transcurrÃa entre conversaciones con nuestros nuevos amigos y paseos por la parcela de uno de ellos, en Ibuelo. El calor aplastaba nuestras fuerzas, pero no impedÃa disfrutar de esa naturaleza en estado tan puro que ocultaba las trochas abiertas tan sólo unos dÃas antes. Después de cruzar en dos ocasiones un mismo rÃo llegamos al cocal. Por fin poder comprobar in situ cómo es una plantación de coca. Por aquà y por allá, se levantaba esa planta que tantos quebraderos de cabeza causa a muchas personas en paÃses lejanos a Bolivia que lucha por erradicar su adicción. Pero también orquÃdeas, patujús, mangos, palmitos, café…  Â
Otro de los rÃos que cruzan la parcela de nuestro amigo nos sirvió para refrescarnos. Ninguno querÃa salir de esa agua cristalina para volver a sufrir los rigores de una temperatura que se pegaba en el cuerpo sin querer despegarse. Comimos chicharrón con choclos, regada con chicha sin alcohol, en un chiringuito cercano a la carretera que enlaza Cochabamba con Santa Cruz y nos fuimos a reencontrarnos con Roberto y José para proseguir nuestro dÃa de sorpresas. Â
Juntos nos dirigimos a la parcela de otro de sus amigos por un camino no apto para un coche, y de allà a los Guarachos, un lugar donde los pájaros ciegos viven en libertad, dejando el pavimento repleto de guano. La tirabita que debÃa trasladarnos hacia allà no estaba operativo; otro grupo de viajeros la habÃa usado antes, asà que nuestro siguiente destino serÃa el rÃo San Rafael, de aguas aún más cristalinas y de fuerte corriente. Sólo unas sardinas ‘mordedoras’ entorpecÃan nuestro placentero baño. Horas más tarde regresamos a Villa Tunari para vivir nuestra penúltima sorpresa.Â
Ese mismo dÃa se inauguraba el campeonato de fútbol sub-18 y allà estaba Evo Morales para hacer los honores. Y allà mismo, justo delante de nosotras, estaba aquel niño que corrÃa entre las llamas en el altiplano de Oruro; el pequeño que fabricó ladrillos, amasó pan y tocó la trompeta. Hoy es el presidente de todo un paÃs y el máximo responsable a su vez de las seis federaciones de productores de coca. Emigró al Chapare a cultivar coca cuando la crisis agraria y minera de los años 80 no ofrecÃa mejor solución. Se atrincheró en la pequeña comunidad de Puerto San Francisco y, como la gran mayorÃa de sus vecinos, se inició en eso del cultivo de la hoja de coca. Como combatiente de base y sindicalista luchador, Evo arrancó allà su “lucha por la dignidad y por la liberación de su puebloâ€. Su sueño: acabar con la pobreza del 65% de la población boliviana. Habrá que ver si lo consigue.Â
No contábamos con podernos acercar al máximo mandatario boliviano. El cordón policial, formado casi exclusivamente por vecinas del chapare unidas con palos, nos lo puso fácil. Sólo fue cuestión de paciencia. Al salir de la Municipalidad de Villa Tunari, Marivà y yo nos abalanzamos hacia él con el propósito de hacernos una foto. La logramos, ante la sorpresa de Evo y sus acompañantes, y por qué no también de sus risas. Las cámaras de televisión que en ese momento grababan la salida de Evo inmortalizaron también nuestro momento.Â
Con la instantánea en nuestras cámaras, nos dirigimos hacia el estadio de fútbol donde la gente se agolpaba para ver a su presidente, pero sobre todo el partido inaugural del campeonato. La multitud nos impedÃa seguir el lance, por lo que lo más oportuno era verlo por televisión en compañÃa de nuestros amigos bolivianos. El ruido y la luminosidad de los fuegos artificiales dio por concluido el encuentro y prácticamente también nuestra estancia en ese lugar que ya llevo marcado en el recuerdo.Â
Nos quedaba aún un viaje pesadilla hacia Santa Cruz. Eso, en el mejor de los casos. Los autobuses que hacen la ruta Cochabamba-Santa Cruz iban repletos, sin un solo asiento libre. Y asà desde las 23 horas hasta la 1.00 de la madrugada. Cuando nuestras esperanzas estaban a punto de derrumbarse, un autocar se detuvo. TenÃa para dos pasajeros, que fueron ocupados por los dos hermanos chilenos que viajaban de pueblo en pueblo vendiendo su artesanÃa. Sólo nos quedaba esperar al borde de la carretera. Al final, tuvimos ‘suerte’ y conseguimos llegar a Santa Cruz.
Por Mar Peláez
Categorías: Bolivia





