MIRADAS DEL SUR

Viajar para descubrir qué esconden esas miradas

40 años sin el Che

Octubre 3rd, 2007. Escrito por vayamundos | Sin comentarios

La Higuera se situó en el mapa de la historia el 9 de octubre de 1967. Y hasta allí hay que acceder para descubrir el por qué se ha convertido hoy en lugar de peregrinación. En el punto donde nace el mito y donde se puede revivir la última epopeya del Che y de sus hombres. Pero a este minúsculo enclave boliviano no se llega por casualidad. Los 60 kilómetros que median entre Vallegrande y La Higuera se convierten en más de dos horas y media de terraplenes y barrancos, a unos 2.000 metros de vértigo. Cactus, piedras, arbustos espinosos y troncos arrugados; colores que danzan entre el amarillo y el café claro. Del valle al desierto montañoso.


Llegar resulta arriesgado. Los taxis –único medio para alcanzar esa población por unos 200 bolivianos- no parecen aptos para aventurarse con éxito a través de esos kilómetros de vía con curvas en extremo cerradas y carentes de asfalto. A cada paso es preciso aminorar la marcha para no dejarse absorber por esa nube de polvo que inunda la calzada al tránsito de cualquier otro vehículo. Entre tan ajetreado y accidentado viaje, no es extraño toparse con cruces que marcan la triste historia de una carretera que se precipita hacia la historia y que guarda celosa a su insigne morador.

En medio del camino se iza Pucara, como un refugio en mitad del pedregal. Aunque nunca el guerrillero pisó su suelo, los habitantes intentan adherirse a la historia y sacar un mínimo provecho antes de que el visitante reemprenda el verdadero motivo de estar allí. No es así en todo el itinerario. Lo que predominan son carteles en los que se niegan en rotundo a comercializar con la imagen del Che.

Casi ningún ser se ve por esa soleada senda que sortea las quebradas del sureste boliviano. Quizá algún perro descarriado, alguna flaca vaca que rumia entre los arbustos y poco más. ¿Por qué el Che Guevara eligió un lugar tan agreste, inhóspito y seco hasta lo impenetrable y de temperaturas extremas? Tuvo once meses –los mismos que permaneció en Bolivia- para encontrar su lugar, y escogió las serranías de Ñancahuazu. Un paisaje agreste, sendas llenas de polvo seco que raspan la garganta, aire caliente que daña, un calor infernal, con vegetación nada generosa y suelo lleno de declives peligrosos, casi sin nada de agua, sin animales a los que cazar… ¿Erró en su cálculo?

Las dos horas y media de viaje dan para pensar. Me imaginé a ese grupo de guerrilleros de hace 40 años caminando por ahí, descalzos, cansados, asediados por un ejército muy superior en número, sin abastecimiento, sudorosos, sucios, cargados de fusiles y cajas metálicas, alimentados sólo con su sueño de libertad.

Pero ese sueño tuvo su final en la Quebrada del Yuro; en el mismo lugar donde el Che fue herido y apresado el 8 de octubre. Una placa en lo más profundo del cañadón muestra las marcas de su captura. La señal, a modo de hendiduras de bala en una piedra, está junto a la chacra de papas de Santos Aguilar, un agricultor de la zona, y cobijada por una higuera con una copa de tres metros de diámetro. Para alcanzar ese punto es preciso armarse de valor. Cada bocanada de aire requiere de una pausa. Es tanto el calor y el polvo que cada inhalación es un desafío. La vegetación seca con espinos no permite salirse de la sinuosa y empinada senda que conduce hasta la quebrada.

Y con el recuerdo de las balas e intentando imaginarse a un Che ascendiendo por esa pendiente, con un proyectil alojado en su pierna, surge un punto situado a unos tres kilómetros más arriba, en la cima de una colina cualquiera boliviana. Pero no es cualquier cosa. Es La Higuera, donde el tiempo se detuvo hace ahora 40 años. Todo parece permanecer como entonces.

Una pequeña aldea de 30 casas, y no más de 100 vecinos, sin ningún atractivo arquitectónico, pero sí mucho simbolismo. Nacidas como de la tierra misma e incrustadas por azar en el paisaje, las viviendas son de adobe con una mano de pintura blanca, o ya grisácea por el paso de los años, y con el rostro del Che trazado en diferentes formatos y colores. Reina un silencio que, al mismo tiempo que impresiona, permite imaginarse las leyendas que circularán entre aquellos vecinos y los recuerdos que esconderán las paredes.

Dentro de las casas, altares en memoria del mítico argentino y frases tan sorprendentes como ¡Qué Dios nos bendiga y el almita de El Che nos acompañe! Fuera, un elocuente ‘Tu ejemplo alumbra un nuevo amanecer’. Esa inscripción jalona el busto que da la bienvenida, de dimensiones tan grandes como grande es el respeto que hoy le profesan sus ‘convecinos’, que levantaron para que nadie en La Higuera olvide ese pasaje histórico. Tres metros de escultura, sobre un inmenso pedestal, para alguien que allí es ahora recordado como ‘un dios’.

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Conversar con la gente seduce. Apostado en un poyete de la única tienda-bar, la Tienda Roja, Manuel Cortés, un productor de maíz de 63 años, abre sus brazos y su mente para narrar a quien quiera escuchar sus recuerdos de juventud. Es uno de los pocos habitantes del pueblo que aún permanece con vida de aquellos que se encontraron con Ramón (sobrenombre del Che en el país andino). Él siempre se acuerda de sus 22 años cuando conversó y bebió con el comandante. Y lo revive una y otra vez de forma casi generosa. “No conocíamos realmente a los guerrilleros, y teníamos miedo”, comenta de forma aprendida. “La radio hablaba de que esos señores robaban los chanchos y las gallinas, pero es mentira, ellos nos las querían comprar”.

Este hombre amable, delgado y aspecto ajado por el maltrato de la climatología y del duro trabajo, clava su conversación en el 26 de septiembre del 67; el mismo día en que, si su memoria no falla, irrumpió el Che en el pueblo y presentó a sus compañeros. “Soy el Che Guevara, no venimos para matarlos, venimos a compartir”, fueron las palabras que escuchó de boca de un asmático comandante, a lo que los vecinos respondieron con la entrega de provisiones para los guerrilleros. El paso de los años ha hecho que Cortés quizá maquille algo la realidad, pero habla con seguridad del día en que en Villamontes, cerca de La Higuera, alguien denunció que le habían robado papas. Eso precipitó la captura. Cerca de 1.800 soldados se lanzaron sobre el minúsculo caserío del Higuera y prepararon la emboscada.

… “Hoy comienza una nueva etapa”. “Salimos los 17 con una luna muy pequeña…”, escribiría el Che en la última página de su diario. Era entonces la madrugada del 7 de octubre y sus escritos se interrumpen. ¿Presagiaba el Che su final? Al día siguiente, el capitán Gary Prado dispone sus fuerzas alrededor de la quebrada y se sienta a esperar. El hombre más buscado del mundo se encuentra acorralado. Caen muertos allí abajo cuatro guerrilleros y el Che herido en la pierna izquierda. Casi sin poder caminar, el comandante es interceptado por un sargento del ejército boliviano, y le apunta con el fusil. “No dispare. Soy Che Guevara. Valgo más vivo que muerto”. Fue la frase mítica que pronunció.

Cortés se acuerda de cuando los militares le trajeron al pueblo desde la Quebrada del Yuro. “Tenía una herida en la pierna, con el pelo despeinado y muy descuidado”, continúa, mientras escenifica el suceso. Sus palabras adquieren tintes más dramáticos cuando recuerda que, muy cerca de donde él permanecía escondido, dos soldados festejaban la captura, borrachos, y se preguntaban uno a otro: “Lo matas tú o lo mato yo”. Su respuesta: “Dispara, cobarde, vas a matar a un hmbre”

Poco después escuchó varias ráfagas de ametralladora dentro de la escuela donde el guerrillero permanecía retenido, atado de pies y manos. “Ratatata… ratatatá…” El autor del disparo, Mario Terán, un sargento boliviano que paradójicamente recurrió a la medicina cubana para que le operaran de la vista. Cuando este campesino accedió a la escuelita lo encontró “tirado en el suelo, con mucha sangre por el pecho”. La primera le había destrozado los brazos y las piernas. La segunda, el tórax. Y de esa puerta, la de la escuela, “salió un hombre hacia la eternidad”.


La escuela, hoy convertida en museo, permite contrastar los pasajes narrados por Cortés con la realidad histórica. Su acceso sobrecoge con una mezcla de nostalgia y rabia. Unos paneles con fotografías, diagramas e infinidad de fechas y lugares que reconstruyen la vida de un mito. Junto a la silla donde se encontraba sentado en el momento de su asesinato. En las paredes, inscripciones que dicen: “Ernesto, tu lucha es el camino”, “Tú vives por siempre, comandante amigo” o la más clásica: “Hasta la victoria siempre”. En la mesa, pequeños frascos de vidrio con la “tierra de sangre del Che”. Poco más sobrevive en La Higuera.

El pueblo permanece en calma, sólo rota por la llegada de un grupo muy numeroso de cubanos que dan los últimos retoques para evocar los 40 años sin el Che. La presencia de médicos en el país comenzó poco después de que sus presidentes respectivos –Fidel Castro y Evo Morales- suscribieran en 2006 un acuerdo de colaboración. Y hoy es la Higuera del Che. El acento cubano, dicharachero y locuaz, se sobrepone al carácter austero de los bolivianos. El albergue, con las banderas cubanas y bolivianas, les cobija a la espera de que este poblado se llene, como lo hizo, de miles y miles de personas de todo el mundo peregrinaran con la única intención de seguir la estela de este magnético personaje.

Representantes de movimientos sociales, indígenas, campesinos y líderes de distintas agrupaciones mundiales, e incluso el propio presidente de la República, Evo Morales, se dieron cita en el II Encuentro Mundial Che Guevara, que se desarrolló desde el 5 al 10 de octubre, y que permitió que el guerrillero argentino-cubano ‘resucitara’ de forma simbólica.

Toda una fiesta de homenaje a un hombre que fue desasistido en su día por el Gobierno de Fidel Castro y traicionado por el partido comunista boliviano. Ahora, 40 años después, todos reivindican su figura.

Y con el recuerdo de imágenes de un Che asesinado, mostrado a la opinión pública, con historias diversas en la cabeza y sentimientos encontrados, deshicimos el camino hacia Vallegrande. De nuevo dos horas de sudoroso calvario en aquel taxi, tragando polvo pero disfrutando de un paisaje al que un segundo vistazo le confiere un halo de belleza.

Por Mar Peláez

Categorías: Bolivia

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